El Amor Como Un Pilar Necesario

El Amor Como Un Pilar Necesario Por Napoleon Hill

 

El amor es la más importante experiencia del hombre.  Lo pone en comunicación con la Inteligencia Infinita.

Combinado con las satisfacciones del sexo y del sentimiento, conduce a las altas cúspides del logro individual mediante la visión creadora.

Las emociones del amor, del sexo y del sentimiento son las tres caras del eterno triángulo del logro conocido con el nombre de genio.  La Naturaleza no crea genios valiéndose de otros medios.

El amor es una expresión exterior de la naturaleza espiritual del hombre.

El sexo es puramente biológico, pero suministra los resortes de acción en todo esfuerzo creador, desde la más humilde criatura que se arrastra hasta las más profunda de todas las creaciones, el hombre.

Cuando el amor y el sexo se combinan con el sentimiento, el mundo bien puede regocijarse, porque éstos son los potenciales de los pensadores, que son grandes dirigentes de él.

El amor hace semejante a toda la humanidad.

Aparta el egoísmo, la codicia, los celos y la envidia y convierte seres de estirpe regia a los hombres más humildes.  La verdadera grandeza no se encontrará nunca donde no resida el amor.

Ahora bien, aquel del que hablo no debe confundirse con las complacencias del sexo, porque el amor en su expresión más alta y más pura es una combinación del  triángulo eterno, pero es mayor que cualquiera de sus tres componentes.

El amor al que me refiero es el “impulso vital”, el factor dador de vida, el resorte de acción de todos los empeños creadores que han elevado al género humano a su actual estado de perfección y de cultura, el único elemento que traza una clara línea de demarcación entre el hombre y todas las demás criaturas inferiores que hay en la tierra, y el que determina para cada hombre la cantidad de espacio que ha de ocupar en los corazones de sus conciudadanos.

Es el cimiento sólido sobre el cual construir la primera de las “Doce riquezas”, una actitud mental positiva, y permítasenos recalcar que ningún hombre se hace nunca verdaderamente rico sin ella; es también la urdidumbre y la trama de las restantes once riquezas.  Embellece a todas ellas y les da la cualidad de duración, la prueba de esto se obtiene por una observación sumaria de todos los que han adquirido riquezas materiales pero no el amor.

La costumbre de recorrer el kilómetro extra lleva a la consecución de ese espíritu de caridad, porque no puede haber mayor expresión de amor que el que se demuestra mediante el servicio prestado abnegadamente en beneficio de otros.

Emerson tuvo la visión de la clase de afecto a la que me refiero, cuando dijo:

Aquellos que son capaces de humildad, de justicia, de amor, de aspiración, están ya en la plataforma que rige las ciencias y las artes, el discurso y la poesía, la acción y la gracia.  Para aquellos que experimentan esta mortal bienaventuranza se anticipan ya esos poderes especiales que los hombres aprecian tanto…”

“Los magnánimos saben muy bien que quienes dan tiempo, dinero o refugio al desconocido, si lo hacen por amor y no por ostentación, consiguen, por así decirlo, poner a Dios en obligación respecto a ellos, tan perfectas son las compensaciones del universo.  De una manera u otra, el tiempo que ellos parecen perder queda redimido, y las molestias que se toman son recompensadas.  Estos hombres avivan la llama del amor humano y elevan el nivel de la virtud cívica en la humanidad.”

Todos los hombres de todas las épocas han reconocido que él es como el elixir eterno que restaña los heridos corazones del género humano y hace que los hombres sean custodios de sus hermanos.  Una de las mayores inteligencias que produjo nunca América expresó su parecer sobre el amor en un pasaje clásico que perdurará mientras exista el tiempo, diciendo:

“El amor es el único arco iris en el oscuro nubarrón de la vida.”

“Es la estrella de la mañana y la estrella del ocaso.”

“Brilla sobre el niño y derrama su esplendor sobre la callada tumba.”

“Es la madre del arte, inspiradora de poetas, patriotas y filósofos.”

“Es el aire y la luz de todos los corazones, constructor de todos los hogares, atizador de todos los fuegos en todas las chimeneas.”

“Fue el primero en soñar con la inmortalidad.”

“Llena el mundo de melodía, porque la música es su voz.”

“El amor es el mago, el encantador que cambia cosas insignificantes en alegría y convierte en reyes y reinas de regia estirpe a seres de arcilla común.”

“Es el perfume de esa flor maravillosa que es el corazón, y sin esa pasión sagrada, sin ese deliquio divino, somos menos que bestias, mientras que con él, la tierra es cielo, y nosotros somos dioses.”.

“El amor es transfiguración.  Ennoblece, purifica y glorifica… Es una revelación, una creación.  Al amor el mundo le toma prestada su belleza, y los cielos su gloria.  La justicia, la abnegación, la claridad y la piedad son los hijos del amor… Sin él cualquier gloria se marchita, la nobleza se aparta de la vida, el arte muere, la música pierde su significado y la virtud deja de existir.”

Si un hombre es verdaderamente grande, amará a todo el género humano.

A los buenos y a los malos, a toda la humanidad.  A los buenos los amará con orgullo, con admiración, con alegría.  A los malos con lástima, con pena, porque sabrá, que tanto las cualidades buenas como las malas en los hombres, a menudo no son sino el resultado de circunstancias sobre las cuales ello tienen, a causa de su ignorancia, escaso control.

Por lo tanto, será compasivo, comprensivo y tolerante, y cuando se vea obligado a enjuiciar a sus semejantes atemperará la justicia con la tierna misericordia, poniéndose siempre al lado de los débiles, de los ignorantes y de los pobres.

Así pues, no sólo recorrerá el kilómetro extra con verdadero espíritu de camaradería, sino que lo andará voluntaria y complacidamente.  Y si no basta con ese kilómetro, recorrerá otro, y otro más, y todos los kilómetros adicionales que sean necesarios.

 

 

 

Algunos que se han beneficiado por la costumbre de “recorrer el kilómetro extra”

 

Nadie hace nunca voluntariamente una cosa sin un motivo.  Veamos si podemos descubrir uno sólido que justifique la costumbre de recorrer el kilómetro extra.  Para ello observaremos a unos cuantos que se dejaron guiar por ella.

Hace muchos años una señora de edad deambulaba por unos grandes almacenes de Pittsburgo, indudablemente matando el tiempo.  Pasaba mostrador tras mostrador sin que nadie le prestase la menor atención.  Todos los dependientes habían adivinado que era una “mirona” ociosa que no tenía intención alguna de comprar.  Todos se esforzaban en desviar la vista cuando ella se detenía frente a ellos.

¡Qué costoso iba a resultar aquel descuido!

Finalmente la señora llegó ante un mostrador, atendido por un joven dependiente que la saludó con cortesía y le preguntó si podía servirla en algo.

– No – replicó ella -, sólo trato de pasar el tiempo, esperando que deje de llover para poder regresar a casa.

– Muy bien, señora – dijo el joven con una sonrisa -, ¿me permite ofrecerle una silla?

Y se la trajo sin esperar la respuesta de la dama.  Después que la lluvia escampó, el joven tomó a la anciana por el brazo, la escoltó hasta la calle y le dijo adiós.  Al marcharse, ella le pidió su tarjeta.

Varios meses más tarde, el propietario del establecimiento recibió una carta en la que le pedía que enviase a aquel joven a Escocia para hacerse cargo de un pedido de mobiliario para una casa.  El propietario del establecimiento contestó diciendo que lo sentía, pero que el joven no trabajaba ya en el departamento de muebles de la empresa.  Sin embargo, indicaba que le complacería enviar a un “hombre experimentado” para que se encargase de la tarea.

La respuesta fue que no debía ir otro sino precisamente aquel joven.  Las cartas estaban firmadas por Andrew Carnegie, y la “casa” que quería amueblar era el castillo Skibo, en Escocia.  La anciana señora era la madre del señor Carnegie.  El joven fue enviado a Escocia.  Recibió un pedido de varios centenares de miles de dólares, importe del mobiliario destinado al castillo y además una participación en el establecimiento.  Posteriormente llegó a ser el copropietario de los grandes almacenes.

Verdaderamente compensa recorrer el kilómetro extra.

Hace algunos años el director de The Golden Rule Magazine fue invitado a pronunciar una conferencia en la facultad Palmer de Davenport, Iowa.  Aceptó la invitación sobre la base de su tarifa acostumbrada, que eran cien dólares y gastos de viaje.

Mientras el director estaba en la facultad reunió material suficiente para publicar diversas crónicas en su revista.  Después de pronunciada su conferencia y lista ya para regresar a Chicago, se le indicó que presentase su cuenta de gastos y acto seguido recibiría el cheque correspondiente.

Se negó a aceptar dinero alguno por su conferencia o por sus gastos, explicando que ya había sido pagado adecuadamente con el material que había reunido para su revista.  Tomó el tren de vuelta a Chicago satisfecho de lo bien pagado que le había resultado el viaje.

A la semana siguiente empezaron a llegar de Davenport muchas peticiones de suscripción a su revista.  Al final de los siete días había recibido más de seis mil dólares al contado en suscripciones.  Siguió luego una carta del doctor Palmer en la que explicaba que todas procedían de estudiantes, a los cuales les habían contado la negativa del director a aceptar el dinero convenido a pesar de habérselo ganado.

Durante los dos años siguientes los estudiantes y los graduados de la facultad Palmer enviaron más de cincuenta mil dólares en suscripciones a The Golden Rule Magazine.  El hecho era tan impresionante, que fue descrito en una revista que circulaba por todo el mundo de habla inglesa, y más suscripciones llegaron de países muy diferentes.

Así, al ofrecer cien dólares de servicio sin cobrar nada, el director había puesto en marcha la ley de recompensas crecientes trabajando a su favor y obteniendo una que era quinientas veces mayor que su inversión.  La costumbre de recorrer el kilómetro extra no es ningún sueño de iluso.  Paga, y lo hace espléndidamente.

Además, nunca olvida.  Como los toso tipos de inversiones, la costumbre de recorrer el kilómetro extra a menudo rinde dividendos durante toda la vida.

Veamos ahora lo que ocurrió cuando una persona descuidó una oportunidad de recorrer el kilómetro extra.  A últimas horas de una tarde lluviosa, un vendedor de automóviles estaba sentado a su mesa en una sala-exposición donde se exhibían automóviles de precio.  La puerta se abrió y entró un hombre que agitaba alegremente un bastón.

El vendedor alzó la vista de su periódico de la tarde, echó una rápida ojeada al recién llegado e inmediatamente lo clasificó como uno de tantos “clientes de escaparate”, de Broadway, que no compran nada, y sólo le hacen perder a uno el tiempo.  Sigue con su periódico sin tomarse la molestia de levantarse de su sillón.

El hombre del bastoncito caminó por la sala-exposición, miró primero un coche y luego otro.  Finalmente se dirigió adonde estaba sentado el vendedor, se apoyó en su bastón y negligentemente preguntó el precio de tres diferentes automóviles que había en la sala.  Sin separar la vista de su periódico, el vendedor le informó de los precios y continuó con su lectura.

El hombre del bastón examinó de nuevo los tres automóviles que había estado mirando, tanteó con el pie los neumáticos de cada uno, se dirigió al afanado hombre de la mesa y le dijo:

– Bueno, apenas sé si me quedaré con éste, con ése o con aquél, o si compraré los tres.

El vendedor, desde la mesa, se limitó a responder con una sonrisa fatua, afectada y suficiente, como si dijera:  “¡Lo que me imaginaba!”

Entonces, el hombre del bastón, dijo:

– Bueno, creo que compraré sólo uno.  Envíeme a mi casa mañana ese de las ruedas amarillas.  Y, a propósito, ¿cuánto dijo usted que era?

Sacó su talonario de cheques, extendió uno, se lo alargó al vendedor y se marchó.  Cuando el vendedor vio el nombre que figuraba en el cheque, se puso de cuarenta colores y casi se desvaneció de un ataque al corazón.  El hombre que firmaba el cheque era Harry Payne Whitney, y el vendedor comprendió que con sólo haberse tomado la molestia de levantarse de su sillón habría vendido los tres automóviles sin ningún esfuerzo.

Rehusar hacer el mejor servicio que uno es capaz de efectuar es un negocio costoso, hecho éste que muchos han aprendido demasiado tarde.

El derecho a la iniciativa personal no vale mucho para el individuo que es demasiado indiferente o demasiado perezoso  para ejercerlo.  Mucha gente se halla en esta categoría sin comprender la razón de por qué nunca acumulan riquezas.

Hace más de cuarenta años, un joven vendedor en una ferretería observó que la tienda tenía un montón de restos y piezas disparejas que se estaban quedando anticuados y no se vendían.  Como disponía de tiempo, colocó una mesa especial en el centro de la tienda.  La cubrió con parte de aquella mercancía que parecía invendible, y le puso el precio de ganga de diez centavos pieza.  Con gran asombro por su parte, y por la del propietario del establecimiento, aquellos desechos se vendieron como pan bendito.

De esta experiencia nació el gran sistema de la cadena de almacenes F. W. Woolworth de cinco y diez centavos.  El joven que dio con la idea recorriendo el kilómetro extra fue Frank W. Woolworth, y le rindió una fortuna calculada en más de cincuenta millones de dólares.  Además, la misma idea hizo ricas a otras varias personas, y aplicaciones de ella son la base de los más provechosos sistemas de venta de Norteamérica.

Nadie dijo al joven Woolworth que ejerciese su derecho a la iniciativa personal.  Nadie le pagó por hacerlo; pero su acción le llevó a recompensas siempre crecientes por sus esfuerzos.  Una vez que puso la idea en práctica, esas recompensas crecientes casi corrieron tras él.

Hay algo en esta costumbre de hacer más que aquello por lo que se cobra, que trabaja a favor de uno, incluso mientras duerme.  Una vez empieza a funcionar, apila riquezas tan rápidamente, que parece un arte de magia que, como la lámpara de Aladino, atrae en su ayuda a un ejército de genios cargados con sacos de oro.

Hace unos treinta años, el tren particular de Charles M. Schwab se detuvo en el apeadero de su fábrica de acero, en Pensilvania.  Era una mañana fría y helada.  Cuando salió del coche fue recibido por un joven, con un bloc de taquigrafía en las manos, el cual explicó apresuradamente que era taquígrafo en la oficina general de la compañía del acero y había ido para ver si el señor Schwab necesitaba que le escribiesen alguna carta que le pusiesen algún telegrama.

– ¿Quién le ha ordenado a usted que saliera a mi encuentro? – inquirió Schwab.

– Nadie – replicó el joven -.  Vi el telegrama que anunciaba su llegada y por eso he venido, esperando poderle prestar algún servicio.

¡Piensen en esto! Acudió esperando poder encontrar algo que hacer, sin que le fuese pagado.  Y acudió por su propia iniciativa, sin que nadie se lo dijera.

Schwab le dio cortésmente las gracias por su delicadeza, pero dijo que por el momento no tenía necesidad de ningún taquígrafo.  Después de anotar cuidadosamente el nombre del joven, dijo al muchacho que podía regresar a su trabajo.

Aquella noche, cuando el vagón particular fue enganchado al tren nocturno, para su regreso a Nueva York, transportaba al joven taquígrafo.  A requerimientos de Schwab había quedado asignado para prestar servicio en Nueva York como uno de los ayudantes del magnate del acero.  El nombre del muchacho era Williams.  Permaneció a servicio de Schwab varios años, durante los cuales oportunidades tienen una especial manera de seguir el rastro de la gente que se esfuerza en recorrer el kilómetro extra, pero que lo hacen muy definidamente.  Por fin al joven Williams se le presentó la ocasión que no podía pasar por alto.  Lo nombraron presidente y principal accionista de uno de los mayores complejos químicos de Estados Unidos, un empleo que le proporcionó una fortuna muy superior a sus necesidades.

Este acontecimiento es una clara prueba de lo que puede suceder y lo que ha estado sucediendo a lo largo de los años con el sistema de vida norteamericano.

La costumbre de recorrer el kilómetro extras no limita sus recompensas a los que ganan un sueldo.  Funciona tanto para un patrón como para un empleado, cosa testificada agradecidamente por un comerciante al que conocimos muy bien.

Se llamaba Arthur Nash.  Su negocio consistía en una sastrería que se dedicaba a confeccionar trajes para la venta.  Hace algunos años, Nash advirtió que su negocio estaba a un paso de la quiebra.  Acontecimientos y circunstancias sobre los cuales parecía no tener ningún control lo habían llevado al borde de la bancarrota.

Uno de los obstáculos más serios era que sus empleados se habían impregnado de su espíritu de derrotismo y realizaban su trabajo con más lentitud y a disgusto.  Su situación se hizo desesperada.  había que hacer algo, y, además, había que hacerlo rápidamente, si quería continuar con el negocio.

Impulsado por una verdadera desesperación, convocó a sus empleados y les dijo lo que pasaba.  Mientras hablaba se le ocurrió una idea.  Dijo que había leído un artículo en The Golden Rule Magazine en el cual se narraba cómo su director había recorrido el kilómetro extra al prestar un servicio por el que se negó a aceptar pago alguno, con el resultado de que fue voluntariamente recompensado con más de seis mil dólares de suscripciones a su revista.

Acabó por sugerir que si él y todos sus empleados captaban aquel espíritu y empezaban a recorrer el kilómetro extra, podrían salvar el negocio.

Les prometió que si querían unirse a él en un experimento, trataría de sacar a flote la empresa con la condición de que se olvidaran de salarios, de horas de trabajo, que no ahorrasen esfuerzos y todos lo hicieran lo mejor posible, con la esperanza de recibir en el momento oportuno la correspondiente paga por su labor.  Si se conseguía que el  negocio rindiera, recibirían los sueldos atrasados, además de una prima adecuada.

A los empleados les gustó la idea y convinieron en hacer una prueba.  Al día siguiente comparecieron todos con sus exiguos ahorros, que voluntariamente prestaron a Nash.

Todos se dedicaron a su trabajo con un nuevo espíritu, y el negocio empezó a mostrar signos de nueva vida.  Muy pronto volvió a estar sobre una base rentable.  Luego empezó a prosperar como nunca lo había hecho anteriormente.

Diez años más tarde, había enriquecido a Nash.  Los empleados gozaban de una prosperidad como no la habían tenido nunca, y todo el mundo era feliz.

Arthur Nash se retiró, pero hoy día el negocio continúa como uno de los más rentables en la venta de ropa confeccionada en Norteamérica.

Los empleados se encargaron de la empresa.  pregunten ustedes a cualquiera de ellos lo que piensan de esta fórmula de recorrer el kilómetro extra, y obtendrá la respuesta.

Además, hable con cualquiera de los vendedores Nash, y observe su espíritu de entusiasmo y su seguridad en sí mismos.  Porque cuando el estimulante del kilómetro extra entra en la mente de un hombre, éste se convierte en una persona distinta.  La visión del mundo se le aparece diferente, y él parece diferente porque, en realidad, lo es.

Este es el lugar adecuado para recordarle una cosa importante sobre la costumbre de recorrer el kilómetro extra haciendo más que aquello por lo que a uno le pagan.  Es la extraña influencia que ejerce en el hombre que la practica.  El mayor beneficio no va a aquellos a quienes se presta el servicio.  Va a aquel que lo presta, en forma de una actitud mental cambiada, que le da más influencia sobre otras personas, más seguridad en sí misma, mayor iniciativa, entusiasmo, visión y claridad de propósito.  Todas éstas son cualidades del logro triunfal.

“Haga la cosa y tendrá poder”, dijo Emerson.  ¡Ah, sí, el poder!  ¿Qué hará en nuestro mundo un hombre sin poder?  Pero ha de ser la clase de poder que atrae a otras personas en lugar de repelerlas.  Ha de ser una forma de poder que gana ímpetu por la ley de recompensas crecientes, mediante la cual lo que uno realiza retorna a él grandemente multiplicado.

 

 

 

Un camino fácil para obtener lo que usted desea

 

Quien trabaje por un sueldo ha de aprender más sobre este asunto de sembrar y cosechar.  Entonces comprenderá por qué ningún hombre puede seguir plantando la semilla de un trabajo inadecuado y recoger una cosecha máxima, y también que existe un límite a la costumbre de pedir todo un día de paga por un pobre día de trabajo.

¿Y aquel que no trabaja por un sueldo, sino que desea conseguir más de las cosas buenas de la vida?  Hablemos un poco sobre esto.  ¿Por qué no se hace sensato y empieza a obtener lo que desea por el camino fácil y seguro?  Sí, hay un camino fácil y seguro para prosperar en lo que quiera que se desee de la vida, y su secreto se da a conocer a cualquier persona que pone su esfuerzo en recorrer el kilómetro extra.  Ese secreto no puede ser descubierto de ninguna otra manera, porque está envuelto precisamente en ese kilómetro extra.

El puchero de oro al “final del arco iris” no es un mero cuento de hadas.  El término de ese kilómetro extra es el sitio donde acaba el arco iris y donde está oculto el puchero de oro.

Muy pocas personas dan alguna vez con ese final.  Cuando uno llega adonde pensaba que terminaba el arco iris, descubre que todavía está a mucha distancia.  Lo malo que nos pasa a muchos de nosotros es que no sabemos cómo seguir el maravilloso arco.  Los que conocen el secreto saben que su final sólo puede alcanzarse recorriendo el kilómetro extra.

Hace unos cuarenta y cinco años, a últimas horas de la tarde, William C. Durant, el fundador de la General Motors, entró en su Banco después de las horas de oficina y pidió un favor que en el curso ordinario de los negocios habría sido ejecutado durante el horario normal de trabajo.

El hombre que concedió el favor fue Carol Downes, un oficial de segunda del Banco.  No sólo sirvió al señor Durant con eficiencia, sino que recorrió el kilómetro extra y añadió cortesía al servicio.  Hizo sentir a Durant que era un verdadero placer servirlo.  El hecho pareció trivial y en sí mismo era de poca importancia.  Sin que Downes lo supiera, aquella cortesía estaba destinada a tener repercusiones de gran alcance.

Al día siguiente, Durant le pidió a Downes que acudiese a su despacho.  Aquella visita llevó a la oferta de un empleo que Downes aceptó.  Se le dio un puesto en la oficina general, donde trabajaban casi cien personas y se le notificó que las horas de oficina eran de 8:30 de la mañana a 5:30 de la tarde.  Su sueldo, para empezar, era modesto.

Al final del primer día, cuando sonó la campana que anunciaba el final de la jornada, Downes notó que todo el mundo cogía su sombrero y su chaqueta y se precipitaba a la puerta.  Se quedó sentado tranquilamente, esperando que los demás abandonasen la oficina.  Después que se hubieron marchado, permaneció allí ante su mesa, preguntándose en su fuero interno la causa de la gran prisa que habían mostrado todos por salir en el momento mismo de sonar la campana.

Quince minutos más tarde, Durant abrió la puerta de su despacho particular, vio a Downes todavía sentado a la meso y le preguntó si había comprendido que podía dejar el trabajo a las 5:30.

– ¡Oh, sí! – replicó Downes -.  Pero no deseaba ser arrollado por la aglomeración.

Luego preguntó si podía servirle en algo.  Le dijeron que buscase un lápiz para el magnate del motor.  Encontró el lápiz, lo afiló rápidamente y se lo llevó a Durant.  Este le dio las gracias y  dijo “buenas noches”.

Al día siguiente, a la hora de salida, Downes permaneció de nuevo sentado a su mesa después que terminó la aglomeración.  Esta vez aguardaba con un propósito concebido.  Al poco tiempo, Durant salió  de su despacho particular y preguntó de nuevo si Downes no comprendía que las 5:30 era la hora del cierre.

– Sí – sonrió Downes -, comprendo que es la hora de marcharse para los demás, pero a nadie le he oído decir que tenga que abandonar la oficina cuando el día está oficialmente terminado, por eso prefería quedarme aquí con la esperanza de poder hacerle algún servicio insignificante.

– ¡Qué esperanza tan insólita! – exclamó Durant –  ¿Cómo se te ha ocurrido esa idea?

– Por la escena que presencia desde aquí todos los días a la hora de cerrar – replicó Downes.

Durant masculló una respuesta que Downes no escuchó claramente, y volvió a su despacho.

A partir de entonces, Downes siempre se quedaba en su mesa después de la hora del cierre, hasta que veía que Durant se marchaba definitivamente.  No le pagaban porque se quedase más tiempo de la cuenta.  Nadie le había dicho que lo hiciera.  Nadie le prometió nada por quedarse, y por lo que podía ver cualquier observador superficial, estaba perdiendo el tiempo.

Varios meses más tarde, Downes fue convocado al despacho de Durant, donde le informado que había sido elegido para ir a una nueva fábrica recientemente comprada, donde supervisaría la instalación de la maquinaria.  ¡Imagínese!  Un antiguo empleado de Banco convertido en un experto en maquinaria en unos pocos meses.

Sin titubear, Downes aceptó el nombramiento y puso manos a la obra.  No dijo:  “Pero, señor Durant, yo no sé nada de instalación de maquinaria”.  No dijo:  “Esa no es función mía”, ni: “No se me paga para instalar maquinaria”.  No, se puso a trabajar e hizo lo que se requería de él.  Además, se dedicó a la tarea con una “actitud mental” complacida.

Tres meses más tarde, la tarea estaba concluida.  Tan bien hecha estuvo, que Durant llamó a Downes a su despacho y le preguntó dónde había aprendido cosas de máquinas.

– ¡Oh, no he aprendido nunca, señor Durant! – explicó Downes -.  Sencillamente miré en torno, encontré a hombres que sabían cómo realizar la tarea, los puse a trabajar y ellos lo hicieron.

– ¡Espléndido! – exclamó Durant -.  Hay dos tipos de hombres que son valiosos.  Uno es el individuo que sabe hacer algo y, además, lo hace bien, sin quejarse de que está sobrecargado de trabajo.  El otro es el individuo que sabe conseguir que otras personas hagan las cosas bien sin quejarse.  Usted es los dos tipos en uno.

Downes le dio las gracias por el cumplido y se volvió para marcharse.

– Espere un momento – le pidió Durant -.  Se me olvidaba decirle que es usted el nuevo director de la planta que ha instalado, y para empezar, su sueldo será de cincuenta mil dólares al año.

Los diez años siguientes de asociación con Durant le valieron a Carol Downes entre diez y doce millones de dólares.  Se convirtió en un consejero íntimo del rey del motor y, como resultado, él mismo se hizo rico.

El mal principal en muchos de nosotros es que vemos a hombres que han “llegado” y los consideramos en la hora de su triunfo sin tomarnos la molestia de descubrir cómo o por qué “llegaron”.

No hay nada dramático en la historia de Carol Downes.  Los acontecimientos mencionados ocurrieron durante el trabajo cotidiano, sin que ni siquiera sus compañeros de trabajo se dieran cuenta de lo que pasaba.  Y no dudamos de que muchos de ellos lo envidiasen porque creyeran que había sido favorecido por Durant, por alguna especie de buena recomendación, o suerte o lo que sea, que los hombres que no triunfan utilizan como una excusa para explicar su propia falta de éxito.

Bueno, para ser sinceros, Downes tuvo una “buena recomendación” con Durant.

El la creó con su propia iniciativa, recorriendo el kilómetro extra en un asunto tan trivial como el de sacar una punta primorosa a un lápiz cuando lo único que le habían pedido era un lápiz.

Y permaneciendo en su mesa “con la esperanza” de poder prestar algún servicio a su patrono después de disuelta la “aglomeración” de las 5:30 de la tarde.

Utilizando su derecho a la iniciativa personal, al encontrar hombres que supiesen cómo instalar máquinas en lugar de preguntarle a Durant dónde o cómo encontrar a tales hombres.

Siga usted estos acontecimientos paso a paso y hallará que el éxito de Downes se debió solamente a su propia iniciativa.  Además, la historia consiste en una serie de pequeñas tareas bien realizadas, con la “actitud mental” correcta.

Quizá había un centenar de otros hombres que trabajaban para Durant y que podían haber hecho todo aquello tan bien como el mismo Downes, pero lo malo de ellos era que buscaban el “final del arco iris” saliendo atropelladamente todas las tardes a las 5:30.

Muchos años después, un amigo le preguntó a Carol Downes cómo había logrado su oportunidad con Durant.

– ¡Oh, me esforcé en estar siempre en su camino, de forma que pudiera verme! – replicó modestamente -.  Cuando miraba en torno, al necesitar algún pequeño servicio, me llamaba a mí porque era el único que estaba a la vista. Con el tiempo tomó la costumbre de llamarme.

¡Ahí lo tienen!  Durant “tomó la costumbre” de llamar a Downes.  Además, encontró que Downes podía y quería asumir responsabilidades recorriendo el kilómetro extra.

Es una lástima que no todo el pueblo norteamericano capte algo de este espíritu de asumir mayores responsabilidades.  Es una lástima que muchos de nosotros no empecemos a hablar más de nuestros “privilegios” bajo el sistema norteamericano de vida, y menos de la falta de oportunidades en Norteamérica.

¿Hay algún hombre que viva hoy en este país y alegue seriamente que Carol Downes habría salido más ganancioso si hubiese estado obligado, por la ley, a unirse a la frenética aglomeración y abandonar su trabajo a las 5:30 de la tarde?  Si lo hubiese hecho así, habría recibido el sueldo convenido por la clase de trabajo que realizaba, pero nada más.  ¿Por qué habría de recibir más?

Su destino estaba en sus propias manos, envuelto en ese único privilegio que debería ser el de cualquier ciudadano norteamericano: el derecho a la iniciativa personal, mediante cuyo ejercicio convirtió en una costumbre lo de siempre recorrer el kilómetro extra.  Esto explica toda la historia.  No hay otro secreto en el éxito de Downes.  El lo reconoce, y lo sabe cualquiera que esté familiarizado con las circunstancias de su ascenso desde la pobreza a la riqueza.

Hay una única cosa que nadie parece saber:  ¿Por qué son tan pocos los hombres que, como Carol Downes, descubren el poder implícito que existe en hacer más de lo que se le llega a pagar a uno?  Lleva en sí la semilla de todos los grandes logros.  Es el secreto de todos los éxitos dignos de mención y, sin embargo, es tan poco comprendido, que la mayoría de la gente lo consideran un hábil truco con el que los patronos tratan de obtener más trabajo de sus empleados.

Justamente después del final de la guerra entre España y Estados Unidos, Elbert Hubbard escribió un cuento titulado Un mensaje a García.  Contaba brevemente cómo el presidente William McKinley encargó a un joven soldado llamado Rowan que llevase un mensaje del Gobierno de Estados Unidos a García, el jefe rebelde cuyo exacto paradero no se conocía.

El joven soldado recogió el mensaje, se abrió camino por las espesuras de la jungla cubana, y, finalmente, encontró a García y le entregó la nota.  Ese era todo el cuento:  un soldado raso que ejecuta con dificultades las órdenes recibidas y cumple su misión sin volverse atrás con una excusa.

El cuento encendió las imaginaciones y es extendió por el mundo entero.  El simple acto de un hombre que hacía lo que se le había dicho y lo hacía bien se convirtió en una noticia de primera magnitud.  Un mensaje a García fue impreso en forma de librito y las ventas alcanzaron un récord en este tipo de publicaciones, ya que se llegó a los diez millones de ejemplares.  Este único cuento hizo famoso a Elbert Hubbard, por no hablar de lo que le ayudó a hacerse tico.

Fue traducido a varios idiomas.  El Gobierno japonés lo imprimió y lo distribuyó a todos los soldados japoneses durante la guerra ruso-japonesa.  La compañía de ferrocarriles de Pensilvania regaló un ejemplar a cada uno de sus miles de empleados.  Las grandes compañías de seguros de vida de Norteamérica lo regalaron a sus agentes.  Mucho tiempo después de que Elbert Hubbard pereciera en el desgraciado Lusitania, en 1915.  Un mensaje a García continuaba siendo un best-seller en toda Norteamérica.

El cuento se hizo popular porque tiene en él algo del poder mágico que corresponde a aquel que hace algo y lo hace bien.

Todo el mundo clama por tales hombres.  Se les necesita y se les desea en todas las fases de la vida.  La industria norteamericana ha tenido siempre recompensas principescas para quienes puedan y quieran asumir responsabilidades y que consiguen hacer la tarea con la correcta actitud mental, recorriendo el kilómetro extra.

Andrew Carnegie elevó a no menos de cuarenta de estos hombres desde la humilde categoría de obrero no cualificado a la de millonario.  Comprendía el valor de aquellos que estaban deseosos de recorrer el kilómetro extra.  Dondequiera que encontraba un hombre así, llevaba “su hallazgo” al círculo interior de su negocio y le daba oportunidad de ganar “todo lo que merecía”.

La gente hace cosas o se abstiene de hacerlas a causa de un motivo.  El más sólido de los motivos en cuanto a la costumbre de recorrer el kilómetro extra es el hecho de que rinde dividendos duraderos, en formas demasiado numerosas para mencionarlas, a todos los que practican la costumbre.

Nunca se ha conocido a nadie que logre un éxito permanente sin hacer más que aquello por lo cual se le pagaba.  La práctica tiene su contrapartida en las leyes de la naturaleza.  Está respaldada, en cuanto a su solidez, por un impresionante conjunto de pruebas.  Está basada en el sentido común y en la justicia.

El mejor de todos los métodos para atestiguar la solidez de este principio es el de ponerlo a funcionar como parte de las costumbres diarias de cada uno.  Algunas verdades sólo las podemos aprender por propia experiencia.

Los norteamericanos necesitan mayores participaciones individuales en los vastos recursos de este país.  Este  es un deseo saludable.  La riqueza existe aquí en abundancia, pero detengamos el alocado intento de conseguirla por el camino equivocado.  Obtengamos nuestra riqueza dando algo de valor a cambio de ella.

Conocemos las reglas con las que se alcanza el éxito.  Apropiémonos de estas reglas y usémoslas inteligentemente, así adquiriremos las riquezas personales que pedimos y colaboraremos también a aumentar las de la nación.

 

 

 

El caso del patrono avaricioso

 

Algunos dirán:  “Yo ya hago más de lo que se me paga, pero mi patrono es tan egoísta y avaricioso, que no quiere reconocer la clase de servicio que le presto”.  Todos sabemos que hay hombres avaros que desean más servicio del que quieren pagar.

Los patronos egoístas son como piezas de arcilla en las manos de un alfarero.  Por su avaricia merecen ser inducidos a recompensar al hombre que le presta más servicio del que se le paga.

Porque esos patronos no desean perder los de quien tiene la costumbre de recorrer el kilómetro extra.  Reconocen el valor de tales empleados.  Aquí entonces la palanca y el punto de apoyo que hay que emplear con tales patronos los indica precisamente su misma avaricia.

Cualquier hombre inteligente sabrá cómo usarla, sin escatimar la calidad o cantidad del servicio que presta, sino aumentándolas.

El vendedor conocedor del valor de sus servicios personales puede manipular a un avaricioso comprador de esos servicios tan fácilmente como una mujer bonita puede influir en el hombre de su elección, pues la técnica eficaz es similar a la usada por las mujeres inteligentes para manejar a los hombres.

Pondrá todo su empeño en hacerse indispensable a un patrono avariciosos realizando más y mejor trabajo que cualquier otro empleado.  Esos patronos de esa condición moral darán la niña de sus ojos antes de perder a un hombre así.  De este modo, la alegada avaricia se convierte en una gran ventaja para el hombre que sigue la costumbre de recorrer el kilómetro extra.

Hemos visto esta técnica aplicada por lo menos un centenar de veces, y no observamos que dejara de dar ni  una sola vez resultados positivos.

En algunas ocasiones, el patrono en cuestión no ha actuado tan rápidamente como era de esperar, pero eso resultó una mala suerte para él, porque su empleado atrajo la atención de un competidor que hizo una oferta por los servicios del empleado y se los aseguró.

No hay manera de derrotar al hombre que sigue la costumbre de recorrer el kilómetro extra.  Si no obtiene el debido reconocimiento de una fuente, le llega voluntariamente de alguna otra, por lo común cuando menos se lo espera.  Pero siempre llega si hace más que aquello por lo que se le paga.

El que recorre el kilómetro extra y lo hace con la debida actitud mental, nunca pierde el tiempo buscando un empleo.  No tiene que hacerlo, porque el empleo siempre lo está buscando a él.  Pueden ir y venir períodos de depresión;  los negocios serán buenos o malos; el país estará en guerra o en paz; pero el hombre que rinde más y mejor servicio que el que se le paga se hace indispensable para alguien y, por tanto, se asegura contra el desempleo.

Altos sueldos e indispensabilidad son hermanos gemelos.  Siempre lo han sido y siempre lo serán.

Quien es lo bastante inteligente para hacerse indispensable, lo es también para mantenerse continuamente empleado y con sueldos que ni siquiera el más exigente directivo laboral se atrevería a pedir.

La mayoría de los hombres se pasan la vida buscando “brechas”, aguardando oportunidades que los hagan subir, confiando en la “suerte” que provea sus necesidades, pero nunca están a la vista de una meta porque no tienen ninguna definida.  Por eso no tienen ningún motivo que les mueva a adquirir la costumbre de recorrer el kilómetro extra.  Porque no saben o no quieren reconocer que:

 

“La mundana esperanza sobre la cual los hombres colocan sus corazones

se convierte en cenizas… o prospera; y entonces,

como la nieve sobre la polvorienta faz del desierto,

alumbra brevemente… y se extingue.”

 

¡Su prisa se ha convertido en disipación!  Porque ellos dan vueltas y más vueltas como pececillos de colores en una pecera, y vuelven siempre al sitio de donde salieron con las manos vacías y decepcionados.

La riqueza sólo puede alcanzarse por designación; por la elección de un meta fija y de un plan definido; esto es, por la selección de un punto concreto de partida desde el cual empezar a caminar.

Pero que nadie cometa el error de suponer que la costumbre de recorrer el kilómetro extra compensa sólo en términos de riqueza material.  La costumbre ayuda claramente a uno a palpar la fuente de la riqueza espiritual y a extraer de esa fuente recursos para todas las necesidades humanas.

 

 

 

La reveladora historia de Edward Choate

 

Algunos hombres que son listos, y otros que son sabios, han descubierto el camino a la riqueza por la deliberada aplicación del principio de recorrer el kilómetro extra para la ganancia económica.

Sin embargo, los que son verdaderamente sabios reconocen que la mayor paga conseguida por este principio se recibe en términos de amistades que duran toda la vida, en armoniosas relaciones humanas, en una labor de amor, en la capacidad de entender a la gente, en un deseo de compartir con otros las bendiciones propias, cosas todas que están entre las “Doce riquezas de la vida”.

Edward Choate es uno de los que ha reconocida esta verdad y ha encontrado “La clave de la riqueza”.  Su hogar está en Los Angeles, California, y su negocio es el de vender seguros de vida.

Al principio de su carrera, obtenía con sus esfuerzos un vivir modesto, pero no cubrió ningún récord en aquel campo.  A causa de un negocio infortunado perdió todo su dinero y se encontró al pie de la escalera y se vio obligado a realizar una nueva salida.

Dije “un negocio infortunado”, pero quizá debería hacer dicho “afortunado”, porque la pérdida que le produjo influyó en él para que se detuviese, mirase, escuchase, pensase y meditase respecto a los destinos de los hombres que parecen elevar a algunos a altos lugares de logro, pero condenan a otros a una derrota temporal o a un fracaso permanente.

En sus meditaciones dio en hacerse estudiante de la filosofía del logro individual.  Cuando Choate llegó a la lección de recorrer el kilómetro extra fue movido por un agudo sentido de entendimiento que nunca había experimentado antes, y reconoció que la pérdida de las riquezas materiales puede llevar a uno a la fuente de otras mayores, que consisten en las propias fuerzas espirituales.

Con este descubrimiento, Choate empezó a apropiarse, una tras otra, de las “Doce riquezas de la vida”, encabezando la lista con el desarrollo de una actitud mental positiva.

Por aquel tiempo dejó de pensar en la cantidad de seguros de vida que podía vender y empezó a mirar en torno buscando oportunidades para ser útil a otros que estaban abrumados por problemas que no sabían resolver.

La primera oportunidad llegó cuando descubrió a un joven en los desiertos de California que había fracasado en una aventura minera y estaba a punto de morir de hambre.  Llevó al joven a su casa, lo alimentó, lo animó y le dio alojamiento hasta que encontró un buen empleo para él.

Al adoptar así el papel del buen samaritano, Choate no pensaba en ninguna ganancia pecuniaria, porque era evidente que un muchacho agobiado por la pobreza y abatido espiritualmente difícilmente podría convertirse en un vendedor triunfal de seguros de vida.

Después, otras oportunidades de ayudar a hombres menos afortunados empezaron a presentarse tan rápidamente, que parecía como si Choate se hubiera convertido en un imán que atraía sólo a aquellos que tenían problemas difíciles por resolver.

Pero la apariencia era engañadora, porque sólo él pasaba por un período de prueba durante el cual pudiese demostrar su sinceridad de propósito al ayudar a otros.  Un período, no lo olvidemos, que todo el que aplica el principio de recorrer el kilómetro extra ha de pasar de una manera u otra.

Luego la escena cambió, y los asuntos de Edward Choate empezaron a tomar un giro que probablemente él no había esperado.  Sus ventas de seguros de vida empezaron a subir más y más hasta que por fin alcanzaron un nivel inusitado.  Y, milagro de los milagros, una de las mayores pólizas que nunca redactó fue suscrita por el patrono del joven del desierto al cual había ayudado.  La venta se realizó sin que Choate la solicitara.

Otras ventas le salieron al paso de la misma manera, hasta que efectivamente vendía más pólizas de seguro, sin ningún esfuerzo agotador, que las había vendido anteriormente con el más duro trabajo.

Además, había tocado un campo de ventas en que las pólizas que establecía importaban grandes cantidades,  Hombres de gran responsabilidad y extensos asuntos financieros empezaron a buscarlo para que los aconsejase en relación con sus problemas de seguro de vida.

Su negocio creció hasta el punto de llevarlo a la meta tan codiciada por todos los hombres de su profesión: la calidad de “miembro vitalicio en la mesa redonda del millón de dólares”.  Una distinción así sólo se alcanza por aquellos que venden un mínimo de un millón de dólares anuales, en seguros, durante tres años consecutivos.

Así, buscando la riqueza espiritual, Edward Choate encontró también la riqueza material en abundancia tal, como jamás hubiese soñado.  Sólo seis años habían transcurrido desde que empezó a  dedicarse al papel de buen samaritano y ya Choate había suscrito más de dos millones de dólares de seguros de vida durante los cuatro primeros meses del año.

La historia de sus logros empezó a extenderse por toda la nación.  Le valió invitaciones para hablar ante convenciones de seguros de vida, pues otros vendedores deseaban saber cómo se les había compuesto para encumbrarse a una posición tan envidiable en aquella profesión.

Y lo dijo.  Y muy al contrario de la práctica usual entre los individuos que han alcanzado el éxito en las categorías superiores, reveló la humildad de corazón por la que estaba inspirado, reconociendo francamente que sus logros eran el resultado de la aplicación de la filosofía de otros.

El hombre corriente que tiene éxito muestra una tendencia a tratar de dar la impresión de que su triunfo se debe a su propio talento o sabiduría, pero muy raramente da con franqueza las gracias a sus bienhechores.

¡Qué lástima que no haya más Edward Choate en el mundo!

Porque es obvio para todos los que piensan rectamente que ningún hombre alcanza nunca un alto grado de éxito perdurable sin la amistosa cooperación de otros, ni sin ayudar a otros.

Edward Choate es tan rico en valores materiales como necesita serlo.  Es mucho más rico en valores espirituales, porque ha descubierto, se ha apropiado y ha hecho un uso inteligente de todas las “Doce riquezas de la vida”, entre las cuales el dinero es la última y la de menos importancia.

Quien Mas Da, Mas Tiene

Quien Mas Da, Mas Tiene por Napoleon Hill

 

Un principio importante de éxito en todos los caminos de la vida y en todas las ocupaciones es la disposición de recorrer el kilómetro extra; lo que significa el rendimiento de un servicio más amplio y mejor que el que le pagan a uno, y hacer esto con una actitud mental positiva.

Busque donde quiera un solo argumento sólido contra este principio, y no lo hallará; ni encontrará tampoco un solo ejemplo de éxito duradero que no fuese alcanzado, en parte, por la aplicación del mismo.

Algunos creen que los animales de la selva y los pájaros del cielo viven sin trabajar, pero los hombres reflexivos saben que esto no es verdad.  Es cierto que la Naturaleza proporciona las fuentes de subsistencia para cada ser, pero todas las criaturas deben trabajar antes para poder participar de ese beneficio.

Ello demuestra que la Naturaleza es contraria a la costumbre que algunos hombres han adquirido de tratar de obtener algo por nada.

No es creación del hombre.  Forma parte del trabajo de la Naturaleza,  porque es obvio que toda criatura viviente, por debajo de la inteligencia del ser humano, está obligada a aplicarlo para sobrevivir.

El hombre no atenderá ese principio si así se le antoja, pero no puede hacer eso y al mismo tiempo disfrutar de los frutos de un éxito duradero.

Observe cómo la Naturaleza lo aplica en los frutos de la tierra, donde el campesino está obligado a recorrer el kilómetro extra desboscando la tierra, por anda de lo cual recibe paga anticipada.

Pero observe también que si realiza su trabajo en armonía con las leyes de la Naturaleza y desarrolla la necesaria actividad, la Naturaleza se encarga de la tarea cuando la labro del campesino concluye, hace germina la semilla plantada y la convierte en esplendorosa cosecha.

Y medite sobre este hecho significativo: Por cada grano de trigo o maíz que el campesino planta, la Naturaleza se lo transforma en un centenar de granos quizá, con lo cual le capacita para beneficiarse de la ley de las recompensas crecientes.

La Naturaleza recorre el kilómetro extra produciendo lo suficiente para lo que él necesita, juntamente con un superávit para emergencias y pérdidas; por ejemplo, el fruto en los árboles, la flor de la que ha crecido el fruto, las ranas en el estanque y el pez en los mares.

La Naturaleza actúa así para asegurar la perpetuación de las especias, y proveer para emergencias de cualquier índole, pues de otro modo, pronto las especies de todas las cosas vivientes desaparecerían.

 

Las ventajas de la costumbre de recorrer el kilómetro extra son evidentes y comprensibles.  Examinemos algunas de ellas y convenzámonos:

Tal costumbre lleva al individuo a llamar la atención favorable de aquellos que podrán y querrán proporcionarle oportunidades para prosperar.

Se hace indispensable en numerosas relaciones humanas y por tanto capacita para disponer de una compensación poco corriente por los servicios personales prestados.

Lleva al desarrollo mental, a la destreza física, a la perfección en muchas formas de empeño, y aumenta así la propia capacidad de beneficio.

Protege al hombre contra la pérdida del empleo cuando éste anda escaso, y le coloca en una posición desde la cual elige la tarea que prefiere.

Lo capacita para aprovecharse de la ley de contraste, ya que la mayoría de la gente no practica esta costumbre.

Lleva al desarrollo de una actitud mental positiva y agradable, cosa esencial para el éxito duradero.

Tiende a desarrollar una imaginación aguda y  alerta, porque es una costumbre que inspira continuamente el deseo de buscar nuevas y mejores maneras de rendir servicio.

Desarrolla asimismo la importante cualidad de la iniciativa personal.

Acrecienta la confianza en uno mismo y el valor.

Sirve para robustecer la confianza de otros en nuestra propia integridad.

Ayuda al dominio de la destructiva costumbre de la disipación.

Desarrolla la claridad de propósitos, y asegura contra la costumbre común de falta de objetivo.

 

 

 

Quien más da, más tiene

 

Hay todavía otro motivo más importante para seguir el hábito de recorrer el kilómetro extra.  Proporciona la única razón lógica para pedir aumento en la compensación.

Si un hombre no realiza más servicios que aquellos por los cuales se le paga, entonces es obvio que recibe toda la paga a la que tiene derecho.

Rinde servicio en proporción a lo que se le paga, con objeto de seguir ocupando su empleo o mantener sus ingresos sin pensar en cómo lo gana.

Pero siempre tiene el privilegio de rendir servicio de más como un medio de acumular un crédito de reserva de buena voluntad y crear una razón justa para pedir más paga, una posición mejor o ambas cosas a la vez.

Cualquier posición basada en un salario o sueldo ofrece la oportunidad de ascender mediante la aplicación de este principio, y es importante notar que el sistema norteamericano de libre empresa está montado sobre la base de proporcionar a cualquier trabajador de la industria un incentivo para aplicar tal principio.

Cualquier práctica o filosofía que despoje a un hombre del privilegio de recorrer el kilómetro extra carece de solidez y está condenada al fracaso, porque es obvio que este principio es la escalera de mayor importancia durante cuyo ascenso un individuo puede recibir compensación por habilidad, experiencia y educación extraordinarias; y es el único que conduce al camino de la autodeterminación, sin importar la ocupación, profesión u oficio que se ejerza.

En Norteamérica, todo el mundo puede ganarse la vida sin la costumbre de recorrer el kilómetro extra.  Y muchos lo hacen así, pero la seguridad económica y los lujos disponibles en el gran plan de vida norteamericano sólo son accesibles al individuo que hace de este principio una parte de su filosofía de la vida y vive conforme a él, y es para él un hábito cotidiano.

Todas las reglas de la lógica y del sentido común nos obligan a aceptar esto como verdadero.  E incluso un análisis superficial de los hombres situados en las altas categorías del éxito probará que esto es verdad.

Los dirigentes del sistema norteamericano se muestran inflexibles en sus exigencias de que todo trabajador sea protegido en su derecho a adoptar y aplicar el principio de recorrer el kilómetro extra, pues reconocen, por su propia experiencia, que la futura jefatura de la industria depende de hombres que quieran seguir este principio.

Es un hecho bien sabido que Andrew Carnegie formó a muchos más dirigentes triunfadores de la industria que ningún otro gran industrial norteamericano.  Muchos de ellos procedían de las filas de los trabajadores comunes y acumularon enormes fortunas personales, más de lo que podrían haber adquirido sin la guía de Carnegie.

La primera prueba a que Carnegie sometía a cualquier trabajador al que deseaba promover era la de determinar hasta qué punto el trabajador estaba deseoso de recorrer el kilómetro extra.

Esta prueba fue la que le llevó al descubrimiento de Charles M. Schwab.  Cuando Schwab llamó por primera vez la atención del señor Carnegie, trabajaba como obrero en una de sus fábricas de acero.  Una observación minuciosa reveló que Schwab siempre prestaba más y mejor servicio que aquel por el cual se le pagaba.  Además, lo prestaba con una actitud mental agradable, lo que le hacía popular entre sus compañeros.

Fue ascendido de un puesto a otro hasta que al fin lo nombraron presidente de la gran Corporación del Acero de Estados Unidos, con un sueldo de ¡setenta y cinco mil dólares al año!

Ni con todo su ingenio, ni con todos los planes que los hombres sean capaces de concebir para conseguir algo por nada, Charles M. Schwab, el simple obrero, podría haber ganado jamás setenta y cinco mil dólares en toda su vida si no hubiese adoptado y seguido gustosamente la costumbre de recorrer el kilómetro extra.

En alguna ocasión, Carnegie no sólo le pagó el sueldo de por sí ya suficientemente generoso, a Schwab, sino que le dio hasta un millón de dólares de prima sobre el mismo.

Cuando le preguntaron a Carnegie por qué le daba a Schwab una prima muchísimo más grande que el suelo, contestó con estas palabras que todo trabajador, sin tener en cuenta su tarea o su jornal, debería grabarse en la mente:

– Le doy su sueldo por el trabajo que efectivamente ha desarrollado – dijo el señor Carnegie -, y la prima, por su voluntad de recorrer el kilómetro extra, dando así un hermoso ejemplo a sus compañeros de trabajo.

¡Piensen en esto!  Un sueldo de setenta y cinco mil dólares al año pagado a un hombre que empezó de simple obrero, y una prima más de diez veces superior a esa cantidad por su buena disposición, expresada en la voluntad de hacer más que aquello por lo que se le pagaba.

Verdaderamente compensa recorrer el kilómetro extra, pues cada vez que un individuo hace eso coloca a alguien en obligación para con él.

Nadie está obligado a seguir la costumbre de recorrer el kilómetro extra, y raramente se requiere de alguien que preste más servicio que aquel por el que se le paga.  Por tanto, si se adquiere este hábito, debe ser por propia iniciativa.

Pero la Constitución de Estados Unidos garantiza a todos los hombres este privilegio, y el sistema norteamericano proporciona recompensas y primas a aquellos que siguen esta costumbre y hace imposible que un hombre la adopte sin recibir su justa compensación.

Esta tomará formas distintas.  El aumento de paga es cosa casi cierta.  Los ascensos son inevitables.  Condiciones favorables de trabajo y agradables relaciones humanas están también aseguradas.  Y todo esto lleva a la tranquilidad económica que un hombre puede alcanzar por sus propios méritos.

Hay además otro beneficio para el hombre que sigue la costumbre de recorrer el kilómetro extra:  Lo mantiene en buenas relaciones con su propia conciencia y sirve como un estimulante para su alma.  Por tanto es una formadora de carácter sólido que no tiene igual.

Quienes tienen niños y niñas, bien pueden recordar esto para hacerles un bien.  Enseñen a un niño los beneficios de prestar más y mejor servicio de lo que es corriente, y habrán contribuido a formarle un carácter que le servirá durante toda una vida.

La filosofía de Andrew Carnegie es esencialmente de tipo económico.  Pero es más que eso.  Es también una norma de ética en las relaciones humanas.  Lleva a la armonía, al entendimiento, y a la compasión por los débiles y los infortunados.  Enseña cómo convertirse en el guardián de su hermano y al mismo tiempo le recompensa por proceder así.

El hábito de recorrer el kilómetro extra es sólo uno de los diecisiete principios de la filosofía recomendada a quienes tratan de hacerse ricos, pero consideremos cuán directamente está relacionado con cada una de las “Doce riquezas”.

Primeramente, está inseparablemente relacionado con el desarrollo de las más importante de las “Doce riquezas”: una actitud mental positiva.  Cuando un hombre se hace dueño de sus propias emociones y aprende el bendito arte de la autoexpresión mediante un servicio útil a los demás, ha avanzado muchísimo hacia el desarrollo de una actitud mental positiva.

Y con ella como constructora del adecuado modelo de pensamiento, el resto de las “Doce riquezas” encaja dentro de ese modelo con la misma naturalidad con la que la noche sigue al día y  de modo igualmente inevitable.  Reconozca esta verdad y comprenderá por qué la costumbre de recorrer el kilómetro extra proporciona beneficios mucho mayores que los de la mera acumulación de riquezas materiales, y también por qué a este principio se le ha dado el primer puesto en la filosofía del logro individual.

 

 

 

Un hombre demasiado bueno para dejarlo perder

 

Observemos ahora que la amonestación para rendir más y mejor servicio que aquel por el que se paga a uno es paradójica, porque es imposible que nadie preste semejante servicio sin recibir la apropiada compensación.  Esta puede venir de muchas formas y de muy distintas fuentes, algunas de ellas extrañas e inesperadas, pero vendrá.

El trabajador que hace este tipo de servicio quizá no recibirá la debida compensación de la persona a quien lo rinde, pero esta costumbre le atraerá muchas oportunidades de ascenso entre nuevas y más favorables fuentes de empleo.  Así su recompensa la vendrá directamente.

Ralph Waldo Emerson tenía esta verdad en la mente cuando escribió en su ensayo sobre la Compensación:  “Si sirve a un dueño ingrato, sírvalo con esmero.  Ponga a Dios como deudor.  Hasta la más mínima acción le será pagada con creces.  Cuanto más tiempo sea diferido el pago, mejor para usted, pues el interés compuesto del interés compuesto es la tarifa y el uso de esta libranza.”

Hablando una vez más en términos que parecen paradójicos, recordemos que el tiempo más provechoso dedicado por un hombre al trabajo es aquel por el que, momentáneamente, no recibe ninguna compensación financiera directa o indirecta.  Porque debe tenerse en cuenta que hay dos formas de compensación accesibles al hombre que trabaja por un salario.  Una es el sueldo recibido en dinero.  La otra es la habilidad que obtiene de sus experiencias; una forma de compensación que a menudo supera a la remuneración monetaria, porque la habilidad y la experiencia constituyen el bagaje más importante del trabajador en el terreno laboral, y mediante él conseguirá un salario mayor y mayores  responsabilidades.

La actitud del hombre que sigue el hábito de recorrer el kilómetro extra es ésta: Reconoce la verdad de que recibe una paga por aleccionarse para conseguir una posición mejor y una remuneración económica más elevada.

Es una ventaja de la cual no puede ser privado ningún trabajador, por egoísta o avaro que sea su superior inmediato.  Es el “interés compuesto del interés compuesto” que mencionaba Emerson.

Fue ella la que permitió a Charles M. Schwab subir, peldaño a peldaño, desde la humilde condición de obrero hasta la más alta posición que su patrón podía ofrecerle; y fue también esta ventaja la que le proporcionó una prima más de diez veces superior al importe de su sueldo.

El millón de dólares que recibió Schwab fue su paga extra por haber puesto sus mejores esfuerzos en cualquier tarea que desempeñaba, una circunstancia, recordemos, que él controlaba enteramente, y que quizá no se hubiera presentado si él no hubiera seguido la costumbre de recorrer el kilómetro extra.

Carnegie tenía muy poco o quizá nada que ver con esa circunstancia.  Era algo que estaba completamente fuera de sus manos.  Seamos generosos suponiendo que pagó más de lo acostumbrado porque sabía que Schwab se había ganado la paga adicional que no le había prometido.  Pero el hecho real es que quizá retribuyó de modo extraordinario para no perder a un hombre tan valioso.

Y al llegar aquí, notemos que el hombre que sigue la costumbre de recorrer el kilómetro extra sólo por este hecho coloca al comprador de sus servicios bajo la doble obligación de pagar una compensación justa: una, basada en el sentido de la justicia, y  la otra, en el del miedo a perder a un hombre valioso.

Así vemos que, sea cual fuere la forma como enfoquemos el principio de recorrer el kilómetro extra, siempre llegamos a la misma respuesta: que paga “interés compuesto sobre interés compuesto” a todos los que la practican.

Y comprendemos también lo que un gran dirigente industrial pensaba cuando dijo:  “Personalmente no estoy tan interesado en una ley laboral de un mínimo de cuarenta horas de trabajo por semana como lo estoy en encontrar cómo puedo reunir cuarenta horas en un solo día”.

El hombre que hizo esta declaración tiene las “Doce riquezas” en abundancia y francamente reconoce que alcanzó las suyas sobre todo por abrirse camino desde un comienzo muy humilde aplicando la costumbre de recorrer el kilómetro extra en cada tramo.

Fue el mismo que dijo:  “Si me obligaran a arriesgar mis posibilidades de éxito a costa de uno de los diecisiete principios del logro, sin vacilación lo apostaría todo a favor del principio de recorrer el kilómetro extra”.

Pero afortunadamente no se vio obligado a hacer esta elección, pues los diecisiete principios del logro individual están ligados entre sí como los eslabones de una cadena.  Por eso constituyen un medio de gran poder mediante la coordinación del uso de los mismos.  La omisión de cualquiera de estos principios debilitaría ese poder, lo mismo que la separación de un sólo eslabón debilitaría la cadena.

Pero ese poder no radica en los principios en sí, sino en la aplicación y uso de los mismos.  Cuando son aplicados, cambian la “actitud” de la mente, de negativa a positiva.  Esta actitud mental positiva es la que atrae el éxito al llevarnos a una consecución de las “Doce riquezas”.

Cada uno de estos principios representa, mediante su uso, una cualidad definida y positiva de la mente, y cada circunstancia que se extrae del poder de pensamiento requiere el uso de alguna combinación de esos diecisiete principios que son comparables a las veintiocho letras del alfabeto, mediante la combinación de las cuales pueden expresarse todos los pensamientos humanos.  Las letras por sí solas tienen poco o ningún significado, pero cuando forman palabras expresan todas las ideas que uno pueda concebir.

Los diecisiete principios son el “alfabeto” del logro individual, gracias al cual todos los talentos pueden expresarse en su forma más alta y beneficiosa.  De aquí que provean los medios con los cuales se llega a “La clave de la riqueza”.

Claridad de Proposito

Claridad de Proposito por Napoleon Hill

 

Resulta impresionante reconocer que todos los grandes dirigentes, en todas las circunstancias de la vida y durante todos los períodos de la historia, han alcanzado su jefatura con la aplicación de sus capacidades a un importante propósito definido.

Y resulta menos sorprendente observar que los considerados fracasados no tienen semejante propósito, sino que van dando vueltas una y otra vez como un barco sin timón, y vuelven siempre con las manos vacías a su punto de partida.

Algunos de estos fracasados empiezan con un propósito importante definido, pero lo abandonan en el momento en que se ven asaltados por la derrota temporal o por una oposición ardua.

Se dan por vencidos y  desisten, sin saber de la existencia de una filosofía del éxito, tan cómoda y tan clara como las reglas de matemáticas, y sin sospechar nunca que la derrota temporal no es sino un terreno de prueba que representa una bendición disfrazada, si no se la acepta como definitiva.

Es una de las grandes tragedias de la civilización que, de cada cien personas, noventa y ocho recorran el camino de la vida, sin tener a la vista la claridad de un propósito importante.

La primera prueba que Carnegie aplicaba a todos sus trabajadores asociados considerados aptos para ser ascendidos a  posiciones supervisoras, era la de determinar hasta qué punto estaban deseosos de caminar el kilómetro extra.  Su segunda prueba era comprobar si tenían o no sus mentes fijas en una meta definitiva, incluida la necesaria preparación para la consecución de esa meta.

“- Cuando le solicité a Carnegie mi primer ascenso – dijo Charles M. Schwab – sonrió ampliamente y replicó: “Si tiene su corazón fijo sobre lo que desea, no hay nada que yo pueda hacer para impedirle que lo obtenga”.

Schwab sabía lo que deseaba.  Era el puesto supremo dentro del negocio de Carnegie.

Y éste le ayudó a conseguirlo.

Uno de los hechos extraños referentes a los hombres que se mueven con claridad de propósito es cómo el mundo se hace a un lado para que puedan pasar, e incluso acude en su ayuda para que consigan sus objetivos.

 

 

 

Nace una filosofía

 

La historia, tras la organización de esta filosofía, es una historia con acotaciones dramáticas en conexión con la importancia que Andrew Carnegie concedía a la claridad de propósito.

Había desarrollado una gran industria del acero y acumulado una inmensa fortuna en dinero cuando dirigió su  atención hacia el uso y la disposición de su fortuna.  Al reconocer que la mejor parte de su riqueza consistía en el conocimiento con que había acumulado tesoros materiales y en su comprensión de las relaciones humanas, su propósito más importante en la vida pasó a ser el de inspirar a alguien que organizase una doctrina para transmitir este conocimiento a todos cuantos lo desearan.

De avanzada edad ya, se daba cuenta de que la tarea requería los servicios de un hombre joven con tiempo y vocación para emplear veinte años o más en la búsqueda de las causas del logro individual.

Cuando conocí a Carnegie por pura casualidad (al ir a entrevistarlo para una revista con objeto de obtener la historia de sus logros), él había entrevistado ya a más de doscientos cincuenta hombres de los cuales sospechaba que poseían esa capacidad.  Estaba acostumbrado a poner a prueba, con gran penetración, los caracteres de los humanos y debió preguntarse si yo tendría las cualidades que él buscaba desde hacía tanto tiempo, pues organizó un plan ingenioso para hacer una de esas pruebas.

Empezó por relatar la historia que yo había ido a buscar.  Luego sugirió que el mundo necesitaba una filosofía práctica de logro individual que permitiese al trabajador más humilde acumular riquezas en la forma y cantidad que desease.

Durante tres días y tres noches consecutivas, me explicó con todo detalle cómo podría llevarse a cabo la organización de semejante filosofía.  Cuando la historia terminó, Carnegie ya podía hacer la prueba para determinar si había encontrado o no al hombre en el que podría confiar para que realizase su doctrina.

– Usted tiene ahora mi idea de una nueva filosofía – dijo -, y deseo hacerle una pregunta en relación con ella, a la que quiero que responda simplemente con un sí o un no.   La pregunta es la siguiente: Si le doy la oportunidad de organizar la primera filosofía de logro individual y le presento a hombres que pueden y quieren colaborar con usted en el trabajo de organización, ¿desea esta oportunidad y seguirá con ella hasta su cumplimiento si se le asigna?

Carraspeé, titubeé unos segundos y luego repliqué con una frase breve, pero que sellaría mi destino:

– Sí, no sólo emprenderé la tarea, sino que la llevaré a término.

Aquello estaba claro.  Era la única cosa que el señor Carnegie buscaba: claridad de propósito.

Muchos años más tarde me enteré de que Carnegie al hacer esta pregunta tuvo en la mano un cronómetro y que había fijado exactamente sesenta segundos para la respuesta.  Si en ésta se hubiese empleado más tiempo, la oportunidad habría sido retirada.  La respuestas requirió realmente veintinueve segundos.

Y la razón de aquella medida de tiempo me fue explicada por Carnegie.

– Sé, por experiencia, que un hombre incapaz de tomar una decisión prontamente teniendo ya en la mano todos los datos necesarios, no merece la confianza, ni la oportunidad de ser situado en posiciones que le obliguen a decidir.  He descubierto también que los hombres que toman decisiones prontamente, por lo general, tienen la capacidad de moverse con claridad de propósito en otras circunstancias.

La primera fase de la prueba se había cubierto con brillantez, pero quedaba todavía otra fase.

– Muy bien – dijo Carnegie -, tiene usted una de las dos cualidades importantes que se necesitan en el hombre que organice la doctrina que he descrito.  Ahora voy a ver si posee o no la segunda cualidad.  Si le doy a usted la oportunidad de organizar la filosofía en cuestión, ¿está dispuesto a dedicar veinte años de su vida a la búsqueda de las causas de éxito y del fracaso, sin emolumentos, ganándose, mientras tanto, la vida por su cuenta?

Aquella pregunta era un mazazo, porque, naturalmente, yo había supuesto que sería subvencionado por Carnegie, dada su inmensa fortuna.

Sin embargo, me recuperé rápidamente del choque y le pregunté a Carnegie por qué no quería retribuir un encargo tan importante.

– No es que yo no quiera retribuirlo – contestó Carnegie -, pero lo que deseo saber es si usted posee la capacidad natural para acceder a efectuar el recorrido del kilómetro extra, prestando servicio antes de tratar de obtener que se lo paguen.

Continuó explicando que los hombres que más éxito habían conseguido en todos los aspectos de la vida eran los que tenían la costumbre de prestar más servicios y no aquellos a quienes se les pagaba.  Llamó también la atención sobre el hecho de que las subvenciones en dinero, bien se otorguen a individuos o a entidades, frecuentemente hacen más daño que bien. Y me recordó que se me presentaba una oportunidad que había sido negada a doscientos cincuenta hombres, algunos de los cuales eran mucho más viejos y de más experiencia que yo, concluyendo:

– Si usted explota hasta el máximo a oportunidad que le he ofrecido, es concebible que pueda transformarla en riquezas de naturaleza tan fabulosa como para hacer que, en comparación, mi riqueza material parezca diminuta, pues esa oportunidad le proporciona el medio para penetrar en las mentes más agudas de esta nación, aprovechar las experiencias de nuestros mayores dirigentes industriales y, además, permitirle proyectar su influencia para el bien en todo el mundo civilizado y enriquecer así a los que todavía no han nacido.

¡La oportunidad fue recogida!

Había recibido, pues, mi primera lección de claridad de propósito y estaba dispuesto a recorrer el kilómetro extra.

Veinte años más tarde, casi en la actualidad, la filosofía de la que Carnegie manifestara que era la mejor porción de sus riquezas estaba terminada y era editada en ocho volúmenes y presentada al mundo.

“¿Y qué se hizo del hombre que empleó veinte años de su vida en este trabajo sin recibir ningún sueldo? – preguntarán algunos -. ¿Qué compensación ha recibido por este trabajo?”.

Una respuesta completa a estas preguntas es imposible porque el hombre en cuestión no conoce el valor total de los beneficios recibidos.  Además, algunos de ellos son de naturaleza tan flexible, que la continuarán ayudando lo que le quede de vida.

Mas para satisfacción de aquellos que no sólo miden la riqueza en valores materiales, puede declararse que un libro, el resultado del conocimiento extraído de la aplicación del principio de recorrer el kilómetro extra,  ha proporcionado ya un provecho calculado en más de tres millones de dólares.  El tiempo efectivo empleado en escribir el libro fueron cuatro meses.

Claridad de propósito y la costumbre de recorrer el kilómetro extra constituyen una fuerza que incluso asusta a la gente más imaginativa, sin embargo, éstos no son más que dos de los diecisiete principios del logro individual.

Estos dos principios han sido unidos aquí meramente con un propósito: el indicar cómo los de esta filosofía están ligados como los eslabones de una cadena y cómo esta combinación de ellos lleva al desarrollo  de un estupendo poder que no puede alcanzarse con la aplicación parcial de ninguno.


El poder del propósito definido

 

Llegamos ahora al análisis del poder de la claridad de propósito y al de los principios psicológicos de los cuales se deriva.

 

 

Primera premisa:

 

El punto de partida de todo logro individual es la adopción de un propósito definido y de un plan concreto para su consecución.

 

 

Segunda premisa:

 

Todo logro es el resultado de un motivo o combinación de motivos, entre los cuales hay nueve básicos que gobiernan todas las acciones voluntarias (Se han descrito anteriormente en el capítulo primero).

 

 

Tercera premisa:

 

            Cualquier idea dominante, plan o propósito mantenido en la mente, mediante repetición de pensamientos, y emocionalizado con un ardiente deseo de su realización, es recogido por el subconsciente y avivado, y llevado así a su lógico punto culminante por cualquier motivo material apropiado.

 

 

Cuarta premisa:

 

Cualquier deseo, plan o propósito dominante mantenido en la mente consciente y respaldado por una fe absoluta en su realización, es recogido y animado inmediatamente por el subconsciente y no consta que se haya visto alguna vez sin cumplimiento.

 

 

Quinta premisa:

 

El poder de pensamiento es la única cosa sobre la cual toda persona tiene su propio control completo e incuestionable, un hecho asombroso, que revela una estrecha relación entre la mente del hombre y la mente universal de la Inteligencia Infinita, entre las cuales la fe es el eslabón de enlace.

 

 

Sexta premisa:

 

El subconsciente es la puerta de acceso a la Inteligencia Infinita, y responde a las demandas de uno en exacta proporción a la cualidad de su fe.  Se llega del subconsciente mediante esa fe y se le pueden dar instrucciones como si fuese una persona o una entidad completa en sí misma.

 

 

Séptima premisa:

 

Un propósito definido, respaldado por una fe absoluta, es una forma de sabiduría, y la sabiduría en acción produce resultados positivos.

 

 

 

Las ventajas más importantes de la claridad de propósito

 

La claridad de propósito desarrolla la seguridad en uno mismo, la iniciativa personal, la imaginación, el entusiasmo, la autodisciplina y la concentración de esfuerzos, y todos éstos son requisitos previos para la obtención del éxito material.

Induce a uno a establecer una distribución de su tiempo y a planear todos sus empeños día a día de forma que conduzcan hacia la consecución de su propósito más importante en la vida.

Lo pone más alerta para el reconocimiento de oportunidades relacionadas con el objetivo de su propósito más importante, e inspira el valor necesario para actuar sobre esas oportunidades cuando hacen acto de presencia.

Inspira la cooperación de otras personas.

Prepara el camino para el ejercicio completo de la fe y pone a la mente en actitud positiva, liberándola de las limitaciones del miedo, de la duda y de la indecisión.

Provee de una conciencia del éxito, sin la cual nadie puede obtener éxito duradero en profesión alguna.

Supera el hábito destructivo de la falta de decisión.

Por último, lleva directamente al desarrollo y al mantenimiento continuo de la primera de las “Doce riquezas”: una actitud mental positiva.

Estas son las características más importantes de la claridad de propósito, aunque tiene muchas otras cualidades y aplicaciones y está directamente relacionada con cada una de las “Doce riquezas”, porque son conseguibles únicamente mediante la unicidad de intención.

Comparen el principio de la claridad de propósito con las “Doce riquezas”, una por una, y observen cuán esencial es aquél para la consecución de cada una de ellas.

Tracen luego un inventario de los hombres de logro relevante que ha producido Norteamérica, y observen cómo en cada uno de ellos ha destacado algún propósito más importante como objetivo de sus empeños.

Thomas A. Edison dedicó enteramente sus esfuerzos a las invenciones científicas.

Andrew Carnegie se especializó en la fabricación y venta del acero.

  1. W. Woolworth centró su atención en la operación de los almacenes Cinco y Diez.

Philip D. Arbour tuvo como especialidad la de enlatar y distribuir carne.

James J. Hill se concentró en la construcción y mantenimiento de un gran sistema ferroviario transcontinental.

Alexander Graham Bell sobresalió en la investigación científica relacionada con el desarrollo del teléfono moderno.

Marshall Field llevó la dirección del mayor almacén del mundo dedicado a la venta al detalle.

Cyrus H. K. Curtis dedicó toda su vida al desarrollo y publicación del Saturday Evening Post.

Jefferson, Washington, Lincoln, Patrick Henry y Thomas Paine dedicaron la mejor parte de sus vidas y de sus fortunas a una prolongada lucha en favor a la independencia de todas las personas.

¡Hombres con unicidad de propósito, todos y cada uno de ellos!

Y la lista podría alargarse hasta contener los nombres de todos los grandes dirigentes norteamericanos que han contribuido al establecimiento de la forma americana de vivir tal como hoy día la conocemos y de la cual nos beneficiamos.

 

 

 

Cómo adquirir un propósito importante definido

 

El procedimiento para su desarrollo es simple, pero de gran interés, y se formula de la siguiente manera:

  1. a) Escriba una declaración completa, clara y definida de su propósito más importante en la vida, fírmela y encomiéndela a la memoria.

Luego repítala oralmente por lo menos una vez cada día, y más a menudo, si es posible.  Hágalo una y otra vez, colocando así detrás de su propósito toda su fe en la Inteligencia Infinita.

  1. b) Redacte un plan claro y concreto con el que pretenda empezar la consecución del objetivo de su propósito definido más  importante.  En él haga figurar el tiempo máximo permitido para conseguir realizarlo y describa detalladamente qué tiene la intención de dar a cambio, recordando que no es posible conseguir algo por nada y que todo tiene un precio que debe pagarse por anticipado de una forma u otra.
  2. c) Haga su plan lo bastante flexible para permitir cambios en cualquier momento en que esté inspirado para hacerlo.  Recuerde que la Inteligencia Infinita, que opera en cada átomo de materia y en cada cosa viviente o inanimada, puede presentarle uno muy superior a cualquier de los que pueda usted crear.  Por tanto, si ello sucediera, esté dispuesto en todo momento a reconocerlo y a adoptarlo.
  3. d) Mantenga su propósito principal y sus planes para lograrlo estrictamente para usted, excepto en la medida en que quiera escribir instrucciones adicionales para llevar a cabo su plan, en la descripción del principio de la mente maestra, que sigue.

No cometa el error de suponer que porque no entiende estas instrucciones, los principios aquí descritos no sean sólidos.  Sígalas al pie de la letra; hágalo de buena fe, y recuerde que al hacer eso repite el procedimiento que emplearon muchos de los mayores dirigentes de esta nación, que ello no requiere un esfuerzo que no pueda realizar fácilmente, exigiendo tiempo o una capacidad de que no dispongan las personas corrientes.

Y no olvide, están completamente en armonía con la filosofía de todas las religiones.

Decida ahora qué es lo que desea de la vida y qué es lo que tiene que dar a cambio.  Decida adónde va y cómo va a llegar allí.  Luego comience desde donde está usted ahora, con los medios de que disponga para llegar a su meta.  Y descubrirá que según el uso que haga de éstos, otros y mejores medios se le revelarán.

Esa ha sido la experiencia de todos los hombres a los que el mundo ha reconocido como triunfadores.  Los comienzos de la mayoría de ellos fueron humildes, con poca más ayuda que la de un apasionado deseo de alcanzar una meta definida.

Pero en semejante deseo hay una magia perdurable.

Y por último recuerde:

“El dedo móvil escribe; y después de haber escrito, sigue moviéndose:  ni con toda tu piedad ni con todo tu ingenio podrás volverlo atrás para borrar media línea, ni con todas tus lágrimas limpiarías una palabra”.

El ayer se fue para siempre.  El hoy es el mañana del ayer al alcance de tu mano.  ¿Qué haces con él?

Seguidamente voy a revelarte un principio que es la piedra clave del arco de todos los grandes logros; el principio responsable de nuestra gran forma de vida norteamericana; de nuestro sistema de libre empresa; de nuestra riqueza y de nuestra independencia.  Pero primero asegurémonos de que sepa lo que desea de la vida.

 

 

 

Las ideas que conducen al éxito empiezan como claridad de propósito

 

Es un hecho bien conocido que las ideas son las únicas posesiones que no tienen valores fijos.  Igualmente se sabe muy bien que son el comienzo de todos los logros.

Ellas son el fundamento de todas las fortunas, el punto de partida de todas las invenciones.  Han dominado el aire y las aguas de los océanos;  nos han capacitado para controlar y usar las energías invisibles del universo.

Todas las ideas empiezan como resultado de la claridad de propósito.

El fonógrafo no era más que una idea abstracta hasta que Edison lo organizó mediante claridad de propósito y lo abandonó a su subconsciente de donde fue proyectado al gran depósito de la Inteligencia Infinita, que se lo devolvió en forma de un plan viable, y éste fue convertido por él en una máquina que funcionó.

La filosofía del logro individual empezó como una idea en la mente de Andrew Carnegie, la respaldó con claridad de propósito, y ahora es accesible a millones de personas de todo el mundo civilizado, para el beneficio de las mismas.

Además, tiene considerables posibilidades de convertirse en una de las grandes fuerzas transformadoras del mundo, pues ahora es utilizada por un número cada vez mayor de personas para guiarse a través de un mundo de frenética histeria.

El gran continente americano conocido con el nombre de Nuevo Mundo fue descubierto y civilizado como resultado de una idea que nación en la mente de un humilde marinero y estuvo respaldada por la claridad de propósito.  Y está próxima la hora en que esa idea, nacida hace más de cuatrocientos años, pueda elevar nuestra nación a una posición tal de cultura que la convertirá en avanzada de la civilización.

Cualquier idea que se mantiene en la mente, que se recalca, se teme o se reverencia, empieza inmediatamente a adoptar la forma física más conveniente, apropiada y accesible.

Aquello en que los hombres creen, aquello de lo que hablan, aquello que temen, sea bueno o malo, tiene un modo muy definido de hacer su aparición en una forma u otra.  Que los que luchan por liberarse de las limitaciones de la pobreza y la miseria se olviden de esta gran verdad, aplicables tanto a un individuo como a una nación o pueblo.

 

Autosugestión, el eslabón de enlace

 

Volvamos ahora nuestra atención al principio organizador mediante el cual los pensamientos, las ideas, los planes, las esperanzas y los propósitos que son colocados conscientemente en la mente se abren camino en el subconsciente, de donde son entresacados y llevados a su conclusión lógica mediante una ley de la naturaleza que describiré más adelante.

Reconocer este principio y comprenderlo es reconocer también la razón por la cual la claridad de propósito es el comienzo de todos los logros.

La transferencia del pensamiento desde la mente consciente al subconsciente puede avivarse por el simple proceso del “transformador elevador”, o estimulando las vibraciones del pensamiento mediante la fe, el temor o cualquier otra emoción altamente intensificada, tales como el entusiasmo o un ardiente deseo basado en la claridad de propósito.

Los pensamientos respaldados por la fe tienen precedencia sobre todos los demás en la cuestión de la claridad y velocidad con que son entregados al subconsciente y  son realizados.  La velocidad con que actúa el poder de la fe ha dado origen a la creencia mantenida por muchos de que ciertos fenómenos cabe refutarlos como “milagros”.

Los psicólogos y científicos no reconocen semejante fenómeno como milagro, y en cambio afirman que todo cuanto sucede es el resultado de una causa definida, aunque no pueda ser explicada.  Es un hecho conocido que la persona capaz de liberar su mente de todas las limitaciones autoimpuestas, mediante la actitud mental conocida como fe, encuentra generalmente la solución a todos sus problemas, sea cual fuere la naturaleza de los mismos.

Los psicólogos reconocen también que la Inteligencia Infinita, aunque no se pueda decir que es un “solucionador automático de apuros”, lleva, sin embargo, a una conclusión lógica cualquier idea, objetivo, propósito o deseo claramente definido que se someta al subconsciente con una actitud mental de fe perfecta.

No obstante, la Inteligencia Infinita nunca trata de modificar, cambiar o alterar cualquier pensamiento que se le someta y jamás se ha sabido que accione sobre un mero deseo, idea, pensamiento o propósito indefinidos.  Infiltre esta verdad en su mente y se encontrará en posesión del poder suficiente para resolver sus problemas cotidianos con mucho menos esfuerzo del  que la mayoría de las personas dedican a preocuparse por sus problemas.

A menudo los presentimientos son señales  indicativas de que la Inteligencia Infinita intenta alcanzar e influir la mente, pero observen que usualmente acuden en respuesta a alguna idea, plan, propósito o deseo, o a algún miedo fraguado en el subconsciente.

Todos ellos deben ser tenidos en cuenta y examinados cuidadosamente, ya que a menudo aportan, bien en su totalidad o en parte, información del máximo valor para el receptor.  Suelen aparecer muchas horas, días o semanas después que el pensamiento inspirador o motor ha llegado a la Inteligencia Infinita.  Mientras tanto, acostumbra ocurrir que el individuo haya olvidado el pensamiento original que los inspiró.

Este es un tema arcano y profundo sobre el cual incluso los hombres más sabios conocen muy poco.  Únicamente se convierte en autorrevelador mediante la meditación y el pensamiento.

Comprenda el principio de la operación de la mente aquí descrito y tendrá una clave explícita de cómo la meditación aporta a veces lo que uno desea y, en cambio, otras veces proporciona lo no deseado.

Este tipo de actitud mental se consigue solamente mediante una preparación y autodisciplina alcanzables por la fórmula que describiré más adelante.

Una de las más profundas verdades del mundo es la de que los asuntos de los hombres, sean circunstancias de pensamiento general o individual, se conforman para adoptar el modelo exacto de esos pensamientos.

Los hombres triunfadores han llegado a serlo sólo porque han adquirido el hábito de pensar en términos de triunfo.

La claridad de propósito puede, y debe, ocupar tan completamente la mente, que uno no tenga tiempo o espacio en ella para pensamientos de fracaso.

Otra profunda verdad consiste en el hecho de que el individuo que ha sido derrotado y se reconoce a sí mismo como tal puede, invirtiendo la posición de las “velas” de su mente, convertir los vientos de la adversidad en un poder de igual volumen que lo llevará adelante hacia el triunfo, lo mismo que cuando…

 

“Un barco zarpa hacia el Este, otro hacia el Oeste,

impelidos por el mismo soplo,

es la colocación de las velas y no las ráfagas,

lo que decide adónde han de ir”.

 

A algunos que se jactan de ser lo que le mundo llama “gente de cabeza fría, hombres prácticos de negocios”, este análisis del principio de la claridad de propósito puede parecer abstracto o no práctico.

Hay un poder mayor que el del pensamiento consciente y que a menudo no es perceptible a la mente finita del hombre.  La aceptación de esta verdad es esencial para el éxito de cualquier propósito definido basado en el deseo de grandes logros.

Los grandes filósofos de todos los tiempos, desde Platón y Sócrates hasta Emerson y los modernos, así como los grandes estadistas de nuestros tiempos, desde George Washington hasta Abraham Lincoln, son hombres de los que se sabe que, en períodos de gran necesidad, se volvían hacia el “yo íntimo”.

No ofrecieron ninguna disculpa por creer que ningún éxito grande y duradero se ha logrado alguna vez ni se logrará jamás, sino por aquellos que reconocen y utilizan los poderes espirituales de los infinito, tal como pueden percibirlos y extraerlos mediante su “yo íntimo”.

Cualquier circunstancia de la vida de todo hombre es el resultado de una causa definida, bien sea que conduzca al fracaso, bien sea que aporte el éxito.

Y la mayor parte de ellas son el resultado de causas sobre las cuales él tiene o puede tener control.

La importancia de primera magnitud que tiene el principio de la claridad de propósito es consecuencia de esta verdad obvia.  Si las circunstancias de la vida de un hombre no son lo que él desea, puede modificarlas cambiando su  actitud mental con nuevos y más deseables hábitos de pensamiento.

 

 

 

Cómo la claridad de propósito lleva al éxito

De todos los grandes industriales norteamericanos que han contribuido al desarrollo de nuestro sistema industrial, ninguno fue más espectacular que el difunto Walter Chrysler.

Su historia debería infundir esperanzas en cualquier joven norteamericano que aspire a la consecución de fama o fortuna, y sirve como prueba del poder que uno puede adquirir actuando con claridad de propósito.

Chrysler empezó como mecánico en un taller ferroviario de Salt Lake City, Utah.  Había conseguido ahorrar poco más de cuatro mil dólares que pensaba usar como base para establecerse por su cuenta en algún negocio.

Mirando en torno diligentemente decidió que el negocio del automóvil era una industria prometedora, por lo que determinó entrar en ese campo.

Su comienzo en el negocio fue a la vez dramático y novelesco.

Su primera actuación escandalizó a sus amigos y dejó atónitos a sus parientes, porque consistió en invertir todos sus ahorros en un automóvil.  Cuando el coche llegó a Salt Lake City, Chrysler los escandalizó de nuevo al dedicarse a desmontarlo, pieza por pieza, hasta que todas las partes quedaron desperdigadas por la tienda.

Después empezó a montarlo de nuevo.

Repitió esta operación tan a menudo, que algunos de sus amigos creyeron que había perdido la razón, porque ellos no comprendían su propósito.  Veían lo que estaba haciendo con el automóvil y les parecía insensato y sin objeto, pero lo que no veían era el plan que tomaba forma en la mente de Walter Chrysler.

¡Estaba haciendo su mente “consciente de automóvil”!  ¡Saturándola con claridad de propósito!  Observaba cuidadosamente cada detalle del coche, y así, cuando terminó su tarea de desmontar su automóvil y montarlo de nuevo, conocía todos sus puntos buenos y sus puntos débiles.

A partir de aquella experiencia empezó a diseñar automóviles que contenían todo lo bueno del coche adquirido y omitían todas sus debilidades, realizando su trabajo tan concienzudamente, que cuando los automóviles Chrysler irrumpieron en el mercado se convirtieron en la sensación de toda la industria automovilística.

Su encumbramiento a la fama y a la fortuna fue, a la vez, rápido y definido, porque él sabía adónde iba antes de haber iniciado la marcha y se había preparado con penosa exactitud para el viaje.

Observen a estos hombres que se mueven con claridad de propósito, dondequiera que los encuentren, y se sentirán impresionados por la facilidad con que se atraen la amistosa cooperación de otros, quebrantan las resistencias y consiguen lo que buscan.

Analicen detalladamente a Walter Chrysler y observen de qué forma tan definida adquirió las “Doce riquezas de la vida” y les sacó el mayor jugo.

Empezó por desarrollar la mayor de todas las riquezas: una actitud mental positiva.

Eso le proporcionó un campo fértil en el que plantar y hacer germinar la semilla de su propósito definido más importante, o sea, la construcción de hermosos coches de motor.

Luego, una a una, adquirió otras riquezas:  salud robusta, armonía en las relaciones humanas, liberación del miedo, esperanza de logros, capacidad para la fe, deseo de compartir sus bendiciones, trabajo de su agrado, mente abierta a todos los temas, autodisciplina, capacidad de comprender a la gente y, por último, seguridad financiera.

Uno de los hechos más  sorprendentes relativos al éxito de Walter Chrysler consiste en la simplicidad con que lo alcanzó.  No tenía una cantidad apreciable de capital efectivo con que comenzar.  Su educación era limitada.  Carecía de protectores ricos que lo introdujeran en el negocio.

Pero sí tenía una idea práctica, y suficiente iniciativa personal para empezar a desarrollarla, justamente desde donde estaba.  Todo cuanto necesitaba para convertir en realidad su propósito definido más importante pareció venirle a las manos casi milagrosamente tan pronto como estuvo dispuesto para ello, circunstancia muy frecuente en los hombres que se mueven con claridad de propósito.

 

 

 

Un propósito de dos millones de dólares

 

Poco después de que se publicara Piense y hágase rico (interpretación, en un volumen, de una parte de la filosofía de Andrew Carnegie sobre el logro individual), el editor empezó a recibir pedidos telegráficos del libro procedentes de librerías situadas en Des Moines, Iowa, y sus proximidades.

Los pedidos exigían el envío inmediato del libro por vía rápida.  La causa de aquellos pedidos apremiantes fue un misterio hasta varias semanas más tarde, cuando el editor recibió una carta de Edward P. Chase, un agente de seguros que representaba a la Sun Life Assurance Company, en la que decía:

“Escribo ésta para expresarle mi agradecida valoración de su libro Piense y hágase rico.  Seguía sus consejos al pie de la letra.   Como resultado concebí una idea que cuajó en la suscripción de una póliza de seguro de vida de dos millones de dólares.  La mayor venta, única de esa clase, que se ha hecho nunca en Des Moines.”

La frase clave en la carta del señor Chase es la segunda: “Seguí sus consejos al pie de la letra.”

Actuó según aquella idea con claridad de propósito, y ello le ayudó a ganar más dinero en una hora que muchos agentes de seguros de vida ganan en cinco años de continuos esfuerzos.

En una breve frase, el señor Chase resumía toda la historia de una transacción comercial, que lo sacaba de la categoría de los agentes ordinarios de seguros de vida y lo hacía miembro de la codiciada “Mesa redonda del millón de dólares”.

Cuando salió para vender una póliza de seguro de vida por la citada cantidad llevaba consigo una forma de claridad de propósito apoyada por la fe.  No leyó meramente el libro, como quizá habían hecho varios millones de otras personas, dejándolo luego a un lado en una actitud de indiferencia o de duda, con el supuesto de que los principios que describía podían funcionar para otros, pero no para él.

Lo leyó con una mente abierta, con un espíritu de comprensión; reconoció el poder de las ideas que contenía, se las apropió y mediante ellas actuó con claridad de propósito.

En alguna parte del libro, la mente del señor Chase estableció contacto con la del autor, y ese contacto aguijoneó su propia mente de una manera tan definida e intensa, que hizo nacer la idea de vender una póliza de seguro de vida, mayor que cualquiera que se le hubiera ocurrido nunca vender.  La venta de esa póliza se convirtió en su inmediato propósito definido más importante en la vida.  Actuó de acuerdo con él sin vacilación ni tardanza, y consiguió su objetivo en menos de una hora.

El hombre que está impulsado por la claridad de propósito y, guiado por él, se mueve con las fuerzas espirituales de su ser, puede desafiar en el acto al hombre de la indecisión y conseguir el éxito.  No hay diferencia alguna si lo que hace es vender pólizas de seguro o cavar zanjas.

Una idea definida y potente, cuando está fresca en la mente, puede cambiar de tal modo esa mente para sacar a flote las cualidades espirituales que no reconocen la realidad del fracaso o la derrota.

La máxima debilidad de la mayoría de los hombres es que se dan cuenta de los obstáculos que deben superar, y no del poder espiritual que poseen y con el cual tales obstáculos pueden ser evitados a voluntad.

 

 

 

El camino para la maestría

 

Las riquezas – las verdaderas riquezas de la vida – aumentan en proporción exacta al alcance y extensión de los beneficios que aportan a aquellos con los cuales son compartidas.  Sé que esto es verdad porque repartiendo me he hecho rico.  Nunca he beneficiado a nadie, de la forma que fuere, sin haber recibido a cambio, de una manera u otra, diez veces más beneficios que los que yo he proporcionado a otros.

De todas las verdades que me han sido reveladas, una de las mayores es el hecho de que el camino más seguro para resolver los propios problemas es encontrar a alguien con un problema mayor y ayudárselo a resolver, mediante la aplicación de algún método del hábito de recorrer el kilómetro extra.

Esta es una fórmula simple, pero tiene su encanto y su magia, y nunca deja de dar resultado.

Sin embargo, nadie se apropia de ella por la mera aceptación de mi testimonio en cuando a la solidez de la misma.  Debe adoptarla y aplicarla a su modo.  Entonces no necesitará ninguna prueba de su consistencia.

Se dará cuenta de que existen a su alrededor muchas oportunidades.

Al ayudar a otros a encontrar el sendero, lo encontrará también para sí mismo.

Puede empezar organizando el Club de Amigos entre sus propios vecinos o compañeros de trabajo, ofreciéndose para el papel de guía y maestro del grupo.

Aquí aprenderá otra gran verdad, esto es, que la mejor manera de asimilar bien los principios de la filosofía del logro individual es enseñándoselo a otros.  Cuando un hombre empieza a enseñar algo, comienza también a aprender más sobre lo que está enseñando.

Ahora es un estudiante de esta filosofía, pero puede convertirse en su maestro de ella enseñándosela a otros.  Así su compensación le está asegurada de antemano.

Si es un trabajador industrial, aquí tiene su gran oportunidad para encontrarse a sí mismo ayudando a otros a ajustar sus relaciones en paz de armonía.  La certidumbre de esta regla nunca ha sido desmentida, porque se ha comprobado totalmente por las experiencias de los hombres en todas las circunstancias de la vida.

El trabajo no necesita agitadores, sino pacificadores.  Necesita también una filosofía sana que guíe y beneficie tanto a los empresarios como a los trabajadores.  A este fin están perfectamente adecuados los principios de ésta.

El jefe laboral que guíe a sus empleados con esta doctrina tendrá la confianza de sus subordinados y la cooperación más completa de su empresario.  ¿No es eso evidente? ¿No es bastante promesa de recompensa para justificar su adopción?

Una organización laboral guiada por los principios de esta filosofía beneficiaría a todos sus componentes.  Las fricciones en las relaciones humanas serían reemplazadas por la armonía.  Los agitadores y los explotadores del trabajo quedarían automáticamente eliminados.  Los fondos de la organización laboral podrían utilizarse para la educación de sus miembros y no para intrigas políticas.

Y habría más beneficios para distribuir quizá aumentando sus salarios, que la empresa preferiría dar a sus trabajadores, en lugar de verse obligada a utilizarlos como un fondo de defensa contra los esfuerzos destructivos de los agitadores.

Hay necesidad de un Club de Amigos en cada industria.

En las grandes, hay sitio para muchos de estos clubs.

Deberían estar formados tanto por los trabajadores como por los empresarios, pues aquí hay un terreno de encuentro común basado en principios en los que todos puedes estar de acuerdo.  Y el acuerdo aquí significaría también acuerdo en el banco de trabajo o en el torno.

He hecho hincapié en este campo particular de aplicación porque me doy cuenta de que el caos existente en las relaciones entre los empresarios de la industria y sus trabajadores constituye el problema económico número uno de esta nación.

Si no han adoptado ya un propósito definido más importante en la vida, aquí tienen una oportunidad para hacerlo.  Pueden empezar precisamente desde donde están, ayudando a enseñar esta filosofía a quienes la necesitan.

Ha llegado el tiempo en que no sólo es beneficioso para el hombre ayudar a su prójimo a resolver sus problemas personales, sino que es imperativo que cada uno de nosotros lo haga como medio de autodefensa.

Si la casa de su vecino ardiera, usted se prestaría voluntariamente a ayudarle a apagar el fuego, aunque no estuviese en relaciones amistosas con él, porque el sentido común le convencería de que éste sería el medio de salvar su propia casa.

Al recomendar armonía entre los empresarios de la industria y los trabajadores, no pienso solamente en los intereses de la empresa, porque me doy cuenta de que si esta armonía no prevalece, pronto no habrá ni empresa, ni trabajadores tal como hoy día los conocemos.

Por otra parte, el hombre con una sólida filosofía de la vida se encontrará rodeado por una abundancia de oportunidades, inexistentes hace un decenio.

El individuo que trate de ir adelante sin un propósito definido se encontrará con dificultades mucho mayores que las que puedan dominar al hombre corriente.

Las oportunidades más lucrativas del mundo de hoy y de mañana irán a parar a aquellos que se preparan para tareas de responsabilidad en la profesión elegida.

Y la primacía en cualquier tipo de empresa requiere un fundamente de sólida filosofía.  Los días del dominio “a la buena de Dios” se han ido para siempre.  En el cambiante mundo al cual ahora nos acercamos se requerirá la habilidad, la técnica y el entendimiento humano.

Los mandos de la industria deberán en el futuro asumir nuevas responsabilidades.  No bastará con ser hábiles en la mecánica de sus tareas, cosa esencial para una producción eficiente, sino que también habrán de serlo para conseguir armonía entre los trabajadores a sus órdenes.

Los jóvenes de hoy  serán los dirigentes de nuestra sociedad mañana.  ¿Qué  vamos a hacer con ellos?  Este es un problema de primera magnitud, y la parte más importante de la tarea de resolverlo recaerá sobre los hombros de los maestros de las escuelas públicas.

Menciono estos hechos evidentes como una prueba de que el futuro ofrece oportunidades de servicio útil como nunca antes las hemos conocido, nacidas de la necesidad, en un mundo que ha cambiado tan rápidamente, que algunos no llegan a darse cuenta del alcance y de la naturaleza de los cambios ocurridos.

Trace un inventario, si todavía no tiene un propósito definido más importante, para descubrir dónde encaja en este mundo cambiado; prepárese para sus nuevas oportunidades y extraiga el máximo de ellas.

 

 

 

Metas elegidas por uno mismo

 

Si yo tuviese el privilegio de hacerlo, podría, sin duda, elegirle un propósito definido más importante, adecuado en todos los aspectos a sus cualidades y necesidades, y trazarle un plan simple mediante el cual alcanzaría el objetivo de ese propósito; pero puedo servirle más provechosamente enseñándole a realizarlo por sí mismo.

De un modo u otro a lo largo del camino la idea que busca se le revelará.  Esta ha sido la experiencia de la mayor parte de los estudiantes de esta filosofía.  Cuando la idea acuda, la reconocerá, porque lo hará con tal fuerza que no podrá escapar de ella.  Puede estar seguro de esto con tal de que la busque sinceramente.

Uno de los rasgos imponderables de esta doctrina es que inspira la creación de nuevas ideas, revela la presencia de oportunidades para el autoavance que han sido anteriormente pasadas por alto y  lo inspiran a uno a moverse por su propia iniciativa, al abrazar y extraer el máximo de tales oportunidades.

Este rasgo suyo no es el resultado del azar.  Estaba destinado a producir un efecto específico, puesto que es obvio que una oportunidad creada por el hombre para sí mismo, o una idea con la cual quede inspirado mediante su propio pensamiento, es más beneficiosa que cualquiera tomada de otros, pues el procedimiento mismo por el que un hombre crea ideas útiles lo conduce indefectiblemente al descubrimiento de la fuente donde adquirir otras adicionales cuando las necesite.

Si bien es de gran beneficio para un individuo tener acceso a una fuente de la cual reciba la inspiración necesaria para crear sus propias ideas, y la confianza en uno mismo es una posesión de valor inapreciable, puede llegar un tiempo en que necesite contar con los recursos de otras mentes.  Y es momento es seguro que vendrá para aquellos que aspiran a la jefatura de las altas esferas del logro personal.

Ahora voy a revelarle los medios con los cuales puede alcanzarse el poder personal mediante la consolidación de muchas mentes dirigidas al logro de fines definidos.

Con estos mismos medios penetró Andrew Carnegie en la gran época del acero y proporcionó a Norteamérica su mayor industria, aunque no contaba con ningún capital con que empezar, y tenía una educación muy limitada.

Y por este mismo medio Thomas A. Edison se convirtió en el mayor inventor de todos los tiempos, aunque no poseía ningún conocimiento especial de física, matemáticas, química, electrónica ni de otros muchos temas científicos, todos ellos esenciales para su trabajo como inventor.

Debe darle esperanzas saber que la falta de educación, de capital en efectivo y de habilidad técnica no le impiden establecer, como su meta más importante en la vida, cualquier propósito que usted elija, porque esta filosofía proporciona un camino por el cual cualquier meta razonable está al alcance de cualquier hombre de capacidad media.

La única cosa que no puedo hacer es elegirla por usted.

Pero, una vez la haya establecido, esta filosofía le conducirá indefectiblemente a su consecución.  Esta es una promesa sin exageraciones.

No podemos decirle qué es lo que debe desear o cuánto éxito ha de esperar, pero podemos y debemos revelarle la fórmula mediante la cual se pueden alcanzar los éxitos.

Su mayor responsabilidad consiste justamente ahora en descubrir qué es lo que desea en la vida, hacia dónde camina y qué quiere hacer cuando llegue allí.  Esta es una responsabilidad que solamente usted puede asumir, y que declinan noventa y ocho de cada cien personas. Esa es la razón más importante del porqué sólo dos de cada cien personas pueden considerarse como triunfadoras.

 

 

 

El poder del deseo ardiente

 

El éxito empieza mediante la claridad de propósito.

Si este hecho parece que ha sido recalcado en demasía es a causa del rasgo común de indecisión que influye en el elevado porcentaje de personas ya mencionado para que vayan por todo el camino de la vida sin elegir un propósito definido más importante.

La unicidad de intención es una posesión inapreciable, porque son muy pocos los que la poseen.

Sin embargo, puede uno apropiarse de ella en cuestión de segundos.

Decida qué es lo que desea de la vida, resuelva llegar hasta allí, sin vacilaciones, y habrá tomado posesión de una de las ventajas más inapreciables accesibles a los seres humanos.

Pero su deseo no ha de ser meramente anhelo o esperanza.

Debe ser un deseo ardiente y convertirse tan definidamente en obsesivo que esté dispuesto a pagar un precio, por costoso que sea, para lograr su consecución.  El precio será enorme o reducido, pero debe acondicionar su mente a pagarlo, sin importarle la cuantía.

En el momento en que elija su propósito definido más importante en la vida, observará la extraña circunstancia de que los caminos y medios de alcanzarlo se le empezarán a revelar inmediatamente.

Oportunidades que jamás había esperado se colocarán en su camino.

La cooperación de los demás se pondrá a su disposición y aparecerán amigos como por un toque de varita mágica.  Sus miedos y dudas empezarán a desaparecer y la confianza en sí mismo ocupará sus puestos.

Esto parecerá, a los no iniciados, una promesa fantástica, pero no así al hombre que ha desechado la indecisión y ha elegido una meta definida en la vida.  No hablo sólo por la observación de otros hombres, sino por mi propia experiencia personal.  Me transformé de un pobre fracasado en un hombre de éxito y por eso me he ganado el derecho a darle la seguridad de lo que puede esperar si sigue el mapa de carreteras proporcionado por esta filosofía.

Cuando llegue ese momento de inspiración en que elija su propósito definido más importante, no se desaliente si los parientes o amigos, los más allegados, lo califican de “soñador”.

Recuerde solamente que los soñadores han sido los pioneros de todo el progreso humano.

Así pues, no permita que nadie trate de apartarlo de su sueño, sino asegúrese de respaldarlo con acciones basadas en la claridad propósito.  Su posibilidades de éxito son tan grandes como lo han sido las de cuantos lo han precedido.  En muchos aspectos sus posibilidades son mayores aún, porque ahora tiene acceso al conocimiento de los principios del logro individual que millones de hombres que triunfaron en el pasado se vieron  obligados a adquirir por el camino largo y difícil.

 

 

 

Sabía lo que quería

 

Lloyd Collier había nacido en una granja cerca de Whiteville, Carolina del Norte, en una familia cuyas circunstancias económicas limitaban sus oportunidades de obtener una educación sólida, lo que le obligó a abrirse camino por su cuenta desde temprana edad.

A los veinte años, en plena juventud, una enfermedad paralizó su cuerpo desde la cintura para abajo, circunstancia que por sí sola habría justificado el que se sentase en una esquina con un platillo de lata y un mazo de lápices a su lado.

Algunos hombres de negocios de Whiteville reunieron una módica suma y enviaron a Lloyd a una escuela donde aprendió a reparar relojes.  A su regreso montó su taller de reparaciones en la parte trasera de una pequeña tienda, donde, por su situación, no tenía que pagar alquiler, y se dio a conocer como relojero.

A pesar de su desgracia, nunca perdió su confianza en sí mismo ni su buen humor, dos rasgos de su personalidad que pronto le ganaron muchos amigos y todo el trabajo que le era posible realizar.

Lloyd leyó y meditó el libro Piense y hágase rico.  Le causó tan profunda impresión, que se esforzó seriamente por aplicar la famosa fórmula de éxito de Andrew Carnegie descrita en el libro.

Su primer paso fue redactar su propósito definido más importante.  Se lo aprendió de memoria y lo repetía muchas veces al día.  materialmente le proporcionó poseer la más hermosa joyería de Whiteville, casarse con la muchacha más bonita de la ciudad, poseer el más hermoso hogar y sostener y educar a una feliz familia de niños.

Todo un récord para un hombre con las piernas paralizadas, salido de la nada y sin ningún capital en efectivo.

Pero lo hizo.  Alcanzó todos los objetivos propuestos en su propósito definido más importante.  Además, lo hizo mientras era todavía lo bastante joven para tener delante de sí un largo camino y gozar de sus bien ganadas bendiciones.

Se mueve de un lado a otro en una silla de ruedas y conduce su propio coche construido ex profeso, del cual entra y sale él mismo sin necesidad de ayuda.  Su joyería está a cargo de empleados de confianza, con su esposa al frente de la administración.  Si visita su establecimiento, le saludará con entusiasmo desde su silla de ruedas en el mismo momento en que usted entre y tendrá el pleno convencimiento de que se halla en presencia de un hombre cuya desgracia física no constituye en modo alguno una desventaja.

Lloyd Collier ha adoptado una costumbre que hombres con menos achaques que él bien podrían copiar.  Cada día recita una plegaria de gratitud por las bendiciones de que disfruta y vive de tal modo y se relaciona de tal manera con sus conciudadanos que no busca la compasión.  En lugar de eso, busca la oportunidad de compartir algunas de sus bendiciones con quienes son todavía más infortunados, pues cree que sólo cuando las comparte con ellos enriquece y multiplica las suyas propias.

En Lloyd Collier reconocemos la diferencia más importante entre un hombre en una esquina de la calle con una escudilla y un mazo de lápices y otros que se ha hecho independiente desde el punta de vista económico y ha encontrado la paz de la mente.  La distinción es sobre todo de actitud mental.  Lloyd descubrió la AMP (actitud mental positiva) y mediante ella encontró su camino hacia todo lo que buscaba.

Si alguna vez siente lástima de sí mismo o deja que lo abata la AMN (actitud mental negativa) haga un viajecito a Whiteville, Carolina del Norte, visite a Lloyd Collier durante algunas horas y saldrá con la AMP impresa de todo su ser.

Los hombres prudentes comparten con generosidad la mayor parte de sus riquezas, su confianza, con cautela y tienen buen cuidado de no situarla equivocadamente.  y cuando hablan de sus propósitos y  planes, generalmente lo hacen más por medio de la acción que por medio de las palabras.

Escuchan mucho y hablan escasamente, porque saben que un hombre siempre está a punto de aprender algo valioso cuando escucha, en tanto que no puede aprender anda cuando habla a no ser de la tontería de hacerlo en demasía.

Siempre hay un momento apropiado para que uno hable y otro para permanecer silencioso.  Los hombres prudentes, cuando están en duda sobre si han de hablar o no, se mantienen callados.

El intercambio de pensamiento, merced a la conversación, es uno de los medios más importantes con el cual los hombres adquieren conocimiento útiles, crean planes para la consecución de su propósito definido más importante y hallan la manera de llevar a cabo estos planes.  Y las discusiones de “mesa redonda” son un rasgo relevante entre quienes se encuentran en altas fases del logro.  Pero estas discusiones son muy distintas de las ociosas con las que algunos hombres abren su mente al primero que desea penetrar en ella.

Ahora voy a revelarle un método seguro mediante el cual podrá intercambiar pensamientos con otros hombres con una razonable seguridad de que obtendrá tanto como da, o más.  Mediante él puede, no sólo hablar libremente de sus planes más queridos, sino que además esto le resultará provechoso.

Le revelaré una importante encrucijada en la cual puede abandonar el sendero por el que camina en su avance hacia el éxito y pasar a la carretera principal.  El sendero estará claramente jalonado de forma que no podrá extraviarse.

Esta encrucijada es el punto en que hombres en altas fases del logro se apartan de los caminos que habían seguido con muchos de sus antiguos asociados y confidentes y se ponen en contacto con hombres dispuestos a recogerlos en su coche para proseguir el viaje hacia la riqueza.

 

El Credo De Un Hombre Realizado

El Credo De Un Hombre Realizado Por Napoleon Hill

 

He encontrado la felicidad ayudando a otros a encontrarla.

Tengo una buena salud porque vivo atemperadamente y sólo como los alimentos que la naturaleza indica para la manutención del cuerpo.

Estoy libre del miedo en todas sus formas.

No odio a ningún hombre, no envidio a ningún hombre, sino que amo a todo el género humano.

Estoy entregado a una labor de amor a la que mezclo el juego generosamente.  Por eso nunca llego a cansarme.

Doy gracias diariamente, no por más riquezas, sino por la sabiduría de reconocer, abarcar y  usar debidamente la gran abundancia de ellas que ahora tengo a mi disposición.

No pronuncio nombre alguno sino para honrarlo.

No pido favores a nadie, sino el privilegio de compartir mis riquezas con todos los que quieran recibirlas.

Estoy en buenas relaciones con mi conciencia.  Por tanto, ella me guía correctamente en todo lo que hago.

No tengo enemigo alguno, porque no injurio a ningún hombre por ninguna causa, sino que beneficio a todos aquellos con los que entro en contacto al enseñarles el camino hacia las riquezas perdurables.

Tengo más fortuna material de la que necesito porque estoy libre de codicia, y deseo únicamente las cosas materiales que pueda utilizar mientras viva.

Poseo una gran propiedad que no está sometida a impuestos porque existe principalmente en mi propia mente, e intangibles riquezas que no pueden ser valoradas o aprovechadas, excepto por aquellos que adopten mi manera de vivir.  Creé esta vasta fortuna con la observancia de las leyes de la naturaleza y adaptando mis hábitos a  estas leyes.

Napoleon Hill

Los 8 Principes

Los 8 Principes por Napoleon Hill

 

Puede usted llamarlos con otro nombre, si lo prefiere.  Mentores, quizá.  O príncipes.  O consejeros.  O guardianes del buen espíritu.

Con cualquier nombre,  los que yo llamo príncipes me sirven mediante una técnica que es simple y adaptable.

Todas las noches, como último capítulo de las actividades del día, ellos y yo celebramos una mesa redonda.  El propósito principal es manifestarles y reforzar así mi gratitud por los servicios que me han prestado durante el día.

La conferencia se desarrolla exactamente como si los príncipes fueran de carne y hueso.  Es un tiempo de meditación, revisión y acción de gracias, y establezco contacto con ellos mediante el poder del pensamiento.

Este puede ser precisamente su primer examen para averiguar su capacidad de “acondicionar” su mente a la aceptación de la riqueza.  Cuando llega el embate, recuerde lo que les sucedió a Morse, Marconi, Edison y los hermanos Wright cuando anunciaron por primera vez sus hallazgos de nuevos y mejores modos de prestar servicio.  Esto le ayudará a sobreponerse al choque.

Y ahora celebremos una sesión con los príncipes:

 

¡GRATITUD!

 

Hoy ha sido un día hermoso.

Un día gozado con salud de cuerpo y de mente.

Con la comida y vestido necesarios.

Que me ha deparado la oportunidad de otro día para ser útil al prójimo.

Con paz en la mente y libre de todos los temores.

Por estas bendiciones os estoy agradecido, mis príncipes-guía.  Estoy agradecido a todos vosotros colectivamente por haber limpiado la manchada piel de mi vida pasada, y librado así mi mente, mi cuerpo y mi alma de todas las causas y efectos de miedo y del afán.

Príncipe de la prosperidad material, te expreso mi gratitud por haber mantenido mi mente sintonizada con la conciencia de la opulencia y de la plenitud, y libre del miedo a la pobreza y la necesidad.

Príncipe de la buena salud, te brindo mi reconocimiento por haber sintonizado mi mente con la conciencia de buena salud, y así cada célula de mi cuerpo y cada órgano corporal está adecuadamente provisto de una afluencia de energía cósmica suficiente para sus necesidades, emanada del contacto directo con la Inteligencia Infinita, suficiente para  la distribución y aplicación de esta energía donde se la requiere.

Príncipe de la paz mental, te estoy agradecido por haber conservado mi mente libre de todas las inhibiciones y limitaciones autoimpuestas, procurándole tanto a ella como a mi cuerpo un descanso completo.

Príncipe de la esperanza, te doy gracias por el cumplimiento de los deseos de hoy y por tu promesa de realizar los propósitos de mañana.

Príncipe de la fe, recibe mi gratitud por haber sido mi guía; por haberme inspirado a efectuar lo que ha sido útil para mí y por haberme disuadido de hacer lo que, de haberlo hecho, me habría resultado perjudicial.  Has dado poder a mis pensamientos, ímpetu o mis acciones, la sabiduría precisa para comprender las leyes de la naturaleza, y el juicio necesario para adaptarme a ellas con espíritu de armonía.

Príncipe de amor,  te soy deudor por inducirme a compartir mis riquezas con todos aquellos con quienes he entrado en contacto hoy; por haberme mostrado que sólo lo que doy es lo que puedo retener como mío; por la conciencia de amor con que me has dotado, porque ella ha hecho bella la vida y agradables todas mis relaciones con los demás.

Príncipe del espíritu de aventuras románticas, te estoy agradecido por haberme insuflado el espíritu de la juventud, a pesar del paso de los años.

Príncipe de la cabal sabiduría,  mi eterna gratitud a ti por haber transmutado en una perdurable posesión de inapreciable valor todos mis pasados fracasos, derrotas, errores de juicio y de acción, todos los temores, equivocaciones, decepciones y adversidades de cualquier índole; la ventaja estriba en mi deseo y capacidad de inspirar a otros para que tomen posesión de sus propias mentes y usen el poder de su mente para la consecución de las riquezas de la vida, lo cual me completa con el privilegio de compartir todas mis bendiciones con aquellos que están dispuestos a recibirlas quienes, a su vez, enriquecen y multiplican mis propias bendiciones al convertirlas en beneficio de otros.

Mi gratitud también a ti por revelarme que ninguna experiencia humana necesita convertirse en una desventaja; que todas ellas pueden transmutarse en servicios útiles; que el poder del pensamiento es el único sobre el cual ejerzo un completo control y que puede convertirse en felicidad a voluntad, sin limitaciones, excepto las que yo haga nacer en mi propia mente.

 

Mi mayor ventaja consiste en la fortuna de haber reconocido la existencia de  los ocho príncipes, porque son ellos los que acondicionaron mi mente para recibir los beneficios de las “Doce riquezas”.

La costumbre de comunicarse diariamente con los príncipes es la que me asegura la perdurabilidad de estas riquezas, sean cuales fueren las circunstancias de la vida.

Ellos son el medio adecuado para mantener mi mente fija sobre las cosas que deseo y lejos de las que no deseo.

Vienen a ser como un fetiche, un amuleto de poder, con el cual extraigo libremente de los poderes del pensamiento “cada hora una perla, siendo cada perla una bendición”.

Representan para mí una continua inmunidad contra todas las formas de actitud mental negativa y de este modo destruyen, a la vez, la semilla del pensamiento negativo y la germinación de esa semilla en el suelo de mi mente, ayudándome a mantenerla fija sobre mi propósito más importante en la vida, y a dar la expresión más concreta a la consecución de ese propósito.

También me mantienen en paz conmigo mismo, en paz con el mundo y en armonía con mi propia conciencia, y me ayudan a cerrar las puertas de mi mente a todos los recuerdos desagradables de pasados fracasos y derrotas.  En una palabra, me ayudan a convertir todos mis pretéritos errores en prendas de incalculable valor.

Los príncipes me han revelado la existencia de ese “otro yo” que piensa, se mueve, planea, desea y actúa por el impulso de un poder que no reconoce la existencia de una realidad llamada imposibilidad.

Y me han demostrado, un sinfín de veces, que toda adversidad lleva consigo la semilla de un beneficio equivalente.  Así, cuando la adversidad se apresura sobre mí, como lo hace sobre cualquiera, no me dejo asustar por ella, sino que empiezo inmediatamente a buscar esa “semilla de un beneficio equivalente” y trato de que se convierta en una flor pletórica de oportunidad.

Los príncipes me han dado el dominio  sobre mi adversario más formidable:  yo mismo.  Me han mostrado lo que es bueno para mi cuerpo y para mi alma, y me han conducido con mano firme a la fuente y depósito de todo bien.

Me han enseñado que la felicidad no consiste en la posesión de cosas, sino en el privilegio de la autoexpresión mediante el uso de las cosas materiales.

Y me han enseñado también que es más loable prestar servicio útil que aceptar el de otros.

Observen que yo no pido nada a los príncipes, sino que dedico toda la ceremonia a una expresión de gratitud por las riquezas que ya me han otorgado.

Ellos saben mis necesidades y las satisfacen con superabundancia.

Los príncipes me han enseñado a pensar en lo que puedo dar y a olvidarme de lo que  deseo Obtener a cambio, así como el acceso a la manera impersonal de vivir; esa manera de vivir que le revela a uno los poderes interiores, y cómo pueden ser extraídos a voluntad para la solución de todos los problemas personales y la consecución de todas las cosas materiales necesarias.

Me han enseñado, igualmente, a estar callado y a escuchar desde dentro.

Me han dado la fe que me capacita para sobrepujar a mi razón y aceptar la guía interior con la absoluta confianza de que la pequeña y tranquila voz que habla desde lo más recóndito de mí, es superior a mis propios poderes de raciocinio.

Mi “Credo de la vida” fue inspirado por los príncipes.

Permítame compartirlo con usted para que así pueda adoptarlo como suyo.

 

Las 12 Riquezas De La Vida

Las 12 Riquezas De La Vida por Napoleon Hill

 

1. Una actitud mental positiva

Todas las riquezas, de cualquier naturaleza que sean, empiezan con un estado de ánimo; y recordemos que un estado de ánimo es la única cosa sobre la cual cualquier persona tiene el completo e indiscutible derecho de control.

Es altamente significativo que el Creador sólo dotó al hombre de control sobre sus propios pensamientos y el privilegio de adaptarlos a cualquier modelo de su elección.

La actitud mental es importante porque convierte el cerebro en el equivalente de un electroimán que atrae la contrapartida de los pensamientos, miras y propósitos dominantes, así como también la de los temores, preocupaciones y dudas.

Una actitud mental positiva (AMP) es el punto de partida de todas las riquezas, bien sean intangibles o de índole material.

Atrae los tesoros de la verdadera amistad y los que uno encuentra en la esperanza de futuros logros.

Proporciona las riquezas derivadas de la contemplación de la naturaleza, en las noches de claro de luna con las estrellas suspendidas en los cielos, de  los bellos paisajes y los horizontes distantes.

Y las riquezas que se producen en la labor elegida por la propia voluntad, mediante la que pueden alcanzar su más alta expresión las virtudes del alma.

Y las de armonía en las relaciones hogareñas, cuando todos los miembros de la familia trabajan juntos con espíritu de amigable cooperación.

Y otras muchas riquezas inestimables, como son:

La buena salud corporal, que es el tesoro de los que han sabido hallar un equilibrio entre el trabajo y el esparcimiento, la adoración y el amor, adquiriendo la sabiduría de comer para vivir, en lugar de vivir para comer.

La liberación del miedo.

El entusiasmo, tanto activo como pasivo.

La canción y la risa, índices de benéficos estados de ánimo.

La autodisciplina, que nos proporciona la alegría de saber que la mente puede y quiere servir cualquier fin deseado si uno resuelve tomar posesión y mando de ella con un propósito firme.

El juego, que nos libera de todas las cargas de la vida y por un momento nos hace sentir niños de nuevo.

La posibilidad de descubrir el “otro yo”: ese yo que no conoce la realidad del fracaso permanente.

La fe en la Inteligencia Infinita, de la cual cada mente individual es una diminuta proyección.

Y, finalmente, la meditación, ese eslabón de enlace para extraer beneficios a voluntad, del gran depósito universal de la Inteligencia Infinita.

Sí, estas y todas las demás riquezas empiezan con una actitud mental positiva.  Por tanto, no debe sorprender que tal estado de ánimo ocupe el primer puesto en la lista de las “Doce riquezas”.

 

 

 

2. Salud corporal robusta

La buena salud empieza con una “conciencia de salud” producida por una mente que piensa en términos de salud y no en los de enfermedad; más templanza de hábitos en el comer y actividades físicas adecuadamente equilibradas.

 

 

 

3. Armonía en las relaciones humanas

La armonía con otros empieza consigo mismo, porque es verdad, como dijo Shakespeare, que hay beneficios accesibles a quienes cumplen su consejo: “Sé fiel a tu propio yo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que entonces no puedes ser falso para con ningún hombre”.


4. Liberación del miedo

Ningún hombre que tema algo es un hombre libre.  El miedo es un precursor del daño, y dondequiera que aparece existe una causa que se ha de eliminar antes de hacerse rico en el sentido amplio de la palabra.

Los siete temores básicos que aparecen con mayor frecuencia en las mentes de los hombres se refieren a:

La pobreza.

            Las críticas.

            La mala salud.

            La pérdida del amor.

            La pérdida de la libertad.

            La vejez.

            La muerte.

 

 

 

5. La esperanza del logro

 

La mayor de todas las formas de felicidad  es la que produce la esperanza del logro de algún deseo.  Es inmensamente pobre la persona que no puede mirar al futuro con la esperanza de que se convertirá en la persona que le gustaría ser, o con la creencia de que no alcanzará el objetivo que no consiguió alcanzar en el pasado.

 

 

 

6. La capacidad para la fe

Fe es el eslabón de enlace entre la mente consciente del hombre y el gran depósito universal de la Inteligencia Infinita.  Es el fértil suelo del jardín del intelecto, de donde brotan todas las riquezas de la vida.  El “elixir eterno” que da poder y acción creadores a los impulsos del pensamiento.  La base de los llamados milagros y de muchos misterios, que no pueden ser explicados mediante la lógica o la ciencia.  El “preparado químico” espiritual que cuando se mezcla con la plegaria, proporciona una conexión directa e inmediata con la Inteligencia Infinita.

Porque la fe es la facultad que transmite las energías ordinarias del pensamiento en sus equivalentes espirituales; la única con la cual capta el hombre la fuerza cósmica de la Inteligencia Infinita.

 

 

 


7. Complacencia en compartir las propias bendiciones

El que no ha aprendido el bendito arte de compartir no ha emprendido todavía el verdadero camino de la felicidad, porque ésta consiste principalmente en compartir.  Y recuérdese de una vez para siempre que cualquier riqueza es susceptible de ser multiplicada con el simple proceso de compartirla con quien la precise.  Sin olvidar que el lugar que uno ocupa en el corazón de sus semejantes está determinado precisamente por el servicio que les presta mediante alguna forma de distribución de sus bendiciones.

Las riquezas que no se comparten, sean materiales o no, se marchitan y mueren como la rosa en un tallo cortado, pues es una de las primeras leyes de la naturaleza que la inacción y el desuso conduzcan al debilitamiento y a la muerte, y esta ley se aplica lo mismo a las posesiones materiales de los hombres que a las células vivientes de cualquier organismo.

 

 

 

8. Un trabajo de amor

No existe hombre más rico que el que ha encontrado un trabajo de amor y lo desempeña afanosamente comprometido, porque el trabajo es la forma más deseada de la expresión humana del deseo, el vínculo entre la demanda y el abastecimiento de todas las necesidades humanas, el precursor de todo progreso humano, el medio por el que a la imaginación del hombre se le faciliten alas para la acción.  Y todo trabajo de amor queda santificado porque proporciona la gran alegría de la autoexpresión a quien lo realiza.

 

 

 

9. Una mente abierta a todos los temas

La tolerancia, uno de los más altos atributos de la cultura, únicamente la practica la persona que mantiene una mente abierta siempre a todos los temas.  Y sólo el hombre con una mente así es el que logra ser verdaderamente educado, preparándose así para conseguir las grandes riquezas de la vida.

 

 

 

10. Autodisciplina

El hombre que no es dueño de sí mismo nunca se convertirá en dueño de nada.  El que lo es puede convertirse en el amo de su propio destino terrenal, “dueño de su suerte, capitán de su alma”.  Y la forma más elevada de autodisciplina consiste en la expresión de humildad del corazón cuando uno ha alcanzado grandes riquezas o ha quedado envuelto por lo que comúnmente se llama “éxito”.


11. La capacidad de entender a la gente

El hombre rico en comprensión hacia su prójimo siempre reconoce que todos los hombres son fundamentalmente parecidos por haber surgido del mismo tallo; que todas las actividades humanas están inspiradas por uno o varios de los nueve motivos básicos vitales; cuatro emociones producidas por:

 

El amor.

El sexo.

La cólera.

El miedo.

 

Y cinco deseos fundamentales que son:

 

De ganancia material.

De autoconservación.

De libertad corporal y mental.

De autoexpresión.

De perpetuación de la vida después de la muerte.

 

Y el hombre que quiera comprender a los demás debe empezar primero por comprenderse a sí mismo.

La capacidad de entender a nuestros semejantes elimina muchas de las causas comunes de fricción entre los hombres.  Es el fundamento de toda amistad; la base de toda armonía y cooperación; el cimiento más sólido en toda jefatura que requiera una colaboración amistosa.  Y algunos piensan incluso que es una aproximación de gran importancia al entendimiento del Creador de todas las cosas.

 

 

 

12. Seguridad económica

La última, aunque no la de menor importancia, es la parte tangible de las “Doce riquezas”.

La seguridad económica no se alcanza sólo con la posesión de dinero.  Se alcanza con los servicios que uno presta; servicios útiles, en todas las formas de las necesidades humanas, con el uso del dinero o sin él.

Un hombre de negocios millonario tiene seguridad económica, no porque controle una vasta fortuna monetaria, sino por la primordial razón de que provee de empleo provechoso a hombres y mujeres, y con el trabajo de ellos, da mercancías o servicios de gran valor a gran número de personas.  El beneficio que presta le ha atraído el dinero que controla, y de este modo debe conseguirse toda seguridad económica duradera.

Ahora voy a comunicarle los principios con los cuales puede obtenerse el dinero y todas las demás formas de riqueza, pero primeramente ha de estar preparado para aplicar estos principios.  Condicione su mente para la aceptación de la riqueza, lo mismo que el suelo de la tierra debe estar preparado para recibir las semillas.

Cuando uno está preparado para una cosa, es seguro que ésta aparecerá.

Esto no significa que las que uno pueda precisar aparezcan sin motivo, porque hay una gran diferencia entre las necesidades de uno y la disposición de uno a recibir.  Olvidar esta distinción es confundir los importantes beneficios que trato de transmitir.

Así, pues, sea paciente y déjeme que lo guíe a la disposición a recibir la riqueza que desea.  Para ello seguiré mi camino.

Este al principio le parecerá extraño, pero no se desaliente por esto, pues todas las ideas nuevas semejan extravagantes. Si duda de que mi camino es práctico, anímese con la certidumbre de que él me ha proporcionado riquezas en abundancia.

El progreso humano siempre ha sido lento porque las personas se han mostrado reacias a aceptar nuevas ideas.

Cuando Samuel Morse anunció su sistema de comunicación por telégrafo, el mundo se burló de él.  Su método era heterodoxo.  Era nuevo; por consiguiente, estaba sujeto a la sospecha y a la duda.

Y el mundo se burló también de Marconi cuando consiguió la perfección de una mejora sobre el sistema de comunicaciones inalámbrico de Morse.

Thomas A. Edison se puso asimismo en ridículo cuando anunció su perfeccionamiento de la bombilla eléctrica incandescente, y el primer fabricante de automóviles corrió la misma suerte cuando ofreció al mundo un vehículo autopropulsado que ocupa el lugar del caballo y de la diligencia.

Y cuando Wilbur y Orville Wright anunciaron el vuelo de una máquina voladora, el mundo se mostró tan poco impresionado, que los periodistas se negaron a presenciar una demostración de la máquina.

Luego llegó el descubrimiento de la radio, uno de los “milagros” del ingenio humano que estaba destinado a acercar el mundo entero.  Las mentes “no preparadas” lo aceptaron como un juguete para divertir a los niños, pero nada más.

Menciono estos hechos como un recordatorio para convencerle de que si persigue la riqueza por  un nuevo camino, no debe desalentarse ante la novedad de la ruta.  Sígala conmigo, comparta mi filosofía y tenga la seguridad de que le dará resultado, como me lo ha dado a mí.

Sirviéndole de guía hacia la riqueza, seré recompensado por mis esfuerzos en proporción exacta a los beneficios que usted reciba.  La ley eterna de la compensación lo asegura.  La mía puede que no venga directamente de usted, que asuma mi filosofía, pero vendrá de una u otra forma, porque es parte integrante del gran plan cósmico según el cual todo servicio útil que se preste recibe una compensación justa. “Haga lo que debe ser hecho y tendrá usted el poder”, decía Emerson.

Aparte de la consideración de lo que yo reciba por mi empeño en servirle, está la obligación que tengo contraída con el mundo por los beneficios que me ha otorgado.  No adquirí mis riquezas sin la ayuda de muchos otros.  He observado que todos los que adquirieron fortuna perdurable han subido por la escalera que conduce a la opulencia con las manos extendidas; una tendida hacia arriba para recibir la ayuda de los que habían llegado ya a la cúspide, y la otra tendida hacia abajo para ayudar a los que todavía suben.

Y permítame advertirle que al estar en el sendero de la riqueza, también debe avanzar con las manos extendidas para dar o recibir ayuda, porque es un hecho bien comprobado que ningún hombre alcanza éxito consistente o adquiere riquezas duraderas sin ayudar a otros que también buscan estos deseables fines.  Para conseguir es preciso antes otorgar.

Le he transmitido este mensaje con objeto de que pueda otorgar.

Y ahora que sabemos cuáles son las verdaderas riquezas de la vida, le revelaré cuál es el paso siguiente que debe dar en el proceso de acondicionar su mente para recibirlas.

Como ya he dicho, la riqueza me vino mediante la ayuda de otros muchos hombres.

Algunos de ellos son bien conocidos de todos aquellos que lean mi relato.  Fueron los que sirvieron de adelantados para preparar el camino, ese camino que  nosotros llamamos la forma norteamericana de vivir.  Otros, cuyos nombres no identificará, han sido desconocidos.

Entre éstos hay ocho amigos míos que son los que más han hecho en mi favor al preparar mi mente para la aceptación de las riquezas.  Los llama los “Ocho príncipes”.  Me sirven cuando estoy despierto y también cuando estoy dormido.

Aunque nunca he visto a esos príncipes cara a cara, como ha ocurrido con los demás que me han ayudado, han ejercido vigilancia sobre mis riquezas; me han protegido contra el miedo, la envidia, la rapacidad, la duda, la indecisión y la morosidad.  Me han inspirado para actuar por propia iniciativa, han mantenido activa mi imaginación y me han dado firmeza de propósito y fe para conseguir su cumplimiento.

Han sido los verdaderos “acondicionadores” de mi mente, los constructores de mi actitud mental positiva.

¿Puedo ahora recomendárselos para que le presten un servicio parecido?

Sus 2 Personalidades

Sus dos personalidades por Napoleon Hill

 

Antes de que describa las “Doce grandes riquezas”, permítame revelarle algunas de las riquezas que ya posee, y de las que quizá no se ha dado cuenta todavía.

En principio, quisiera que reconociese que no tiene una personalidad única.  En usted y en cualquier otra persona coexisten al menos dos personalidades distintas, y en muchos más de dos.

Existe ese “yo” que usted reconoce cuando se mira en un espejo.  Ese es su “yo” físico.  La casa en que viven las demás personalidades que usted indudablemente posee.  En esa casa hay por lo menos dos individuos que están eternamente en mutuo conflicto.

Uno es una especie de persona negativa que piensa, se mueve y vive en una atmósfera de duda y miedo, de pobreza y mala salud.  Este “yo” negativo espera el fracaso y raramente se ve decepcionado.  Se complace con las circunstancias tristes de la vida que usted quiere rechazar, pero que parece verse obligado a aceptar: pobreza, avidez, superstición, temor, duda tedio y enfermedad física.

Su “otro yo” es una especie de persona positiva que piensa en términos dinámicos y afirmativos sobre la riqueza, la buena salud, el amor y la amistad, el logro personal, la facultad creadora, el servicio a otros, guiándolo a usted indefectiblemente a la consecución de estos beneficios.  Sólo este “yo” es capaz de reconocer las “Doce grandes riquezas” y apropiárselas.  El único capacitado para recibir la “clave de la riqueza”.

Tiene usted muchos otros dones inapreciables de los cuales posiblemente nunca se haya dado cuenta; tesoros ocultos que no ha reconocido ni utilizado.  Entre éstos está lo que convenimos en llamar su “centro de vibración”, una especie de emisora de radio y aparato receptor de exquisita sensibilidad, sintonizado con su prójimo y con el universo que le rodea.  Este poderoso aparato proyecta sus pensamientos y sentimientos y recibe interminables enjambres de mensajes de gran importancia para su éxito en la vida.  Es un incansable sistema de comunicación en dos sentidos, de infinita capacidad, que opera automática y continuamente, lo mismo cuando duerme que cuando está despierto.  Y en todo momento está bajo el control de una u otra de sus personalidades más importantes: la negativa o la positiva.

Cuando está bajo el control de su personalidad negativa, sus receptores sensitivos recogen solamente los mensajes negativos de incontables personalidades negativas.  Como es natural, esto lleva a pensar: “Soy un fracaso y todo me sale mal”, y también “No puedo resolver mis problemas”; quizá no formulada con estas mismas palabras, pero desalentadora, aunque no sea mortalmente, en cuanto a la fe en sí mismo y en el uso de sus energías para lograr lo que desea.  Los mensajes negativos recibidos cuando su personalidad negativa está al mando de la estación receptora, si se aceptan y se utilizan como guía, llevan invariablemente a circunstancias de la vida completamente opuestas a las que se elegirían.

Pero cuando su personalidad positiva es la que está al mando, dirige a su “centro de acción” sólo mensajes estimulantes, optimistas, de alta energía, infiltrando en usted la seguridad de que “puede hacerlo” y convirtiendo esos mensajes en equivalentes físicos de prosperidad, buena salud, amor, esperanza, fe, paz de espíritu y felicidad, es decir, valores vitales que todas las personas anhelan y buscan.

Napoleon Hill

Conoce Tu Propia Mente, Vive Tu Propia Vida

Conoce Tu Propia Mente, Vive Tu Propia Vida por Napoleon Hill

 

Tienes un gran potencial para el exito, pero primero debes conocer tu propia mente y vivir tu propia vida, entonces encontraras y disfrutaras ese poderoso potencial.

Familiarizate con tu interior y puedes ganar lo que quieras dentro de un tiempo limite de tu propia eleccion.

Ciertas tecnicas especiales te ayudan a ganar las metas de tus sueños mas preciados, y cada una de estas tecnicas esta facilmente dentro de tu poder.

EN ALGUN LUGAR a lo largo de la senda de la vida, cada hombre exitoso descubre como vivir su propia vida como el desea vivirla.

Entre mas joven seas cuando descubras este poderoso poder, es mas probable que vivas de manera exitosa y feliz.

Aun incluso en años posteriores, muchos hacen el gran cambio, de permitir que otros hagan de ellos lo que son, a asegurarse de que ellos hagan sus vidas a su propio agrado.

El Creador le dio al hombre la prerrogativa de poder sobre su propia mente.

Debio haber sido el proposito del Creador alentar al hombre a vivir su propia vida, pensar sus propios pensamientos, encontrar sus propias metas y alcanzarlas.

Simplemente al ejercitar esta profunda prerrogativa puedes traer abundancia en tu vida, y con esto conocer la mayor riqueza de todas, paz mental, sin la cual no puede haber verdadera felicidad.

Vives en un mundo lleno de influencias externas que tropiezan sobre ti.

Eres influenciado por los actos y deseos de otras personas, por la ley y la costumbre, por tus deberes y tus responsabilidades. Todo lo que haces tiene algun efecto en otros.

Y aun asi debes encontrar como vivir tu propia vida. Usar tu propia mente, avanzar hacia el sueño que tu deseas hacer real y solido.

Conocete a ti mismo, dijeron los antiguos filosofos Griegos, y esto se mantiene como un consejo clave para el hombre que sea rico en todos los sentidos.

Sin conocerte a ti mismo y siendo tu mismo, no puedes realmente usar el Gran Secreto que te da poder para moldear tu futuro y hacer que la vida te lleve de la manera en que quieres ir.

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Renunciar

Renunciar por Napoleon Hill

 

“Antes de que el exito llegue en la vida de cualquier hombre, es seguro que este se enfrentara con muchas derrotas temporales, y tal vez, algun fracaso. Cuando la derrota se presenta, la cosa mas facil y logica por hacer es RENUNCIAR. Eso es lo que la mayoria de la gente hace.”

“Mas de 500 hombres de los mas exitosos que este pais ha producido, le dijeron al autor que su mayor exito llego un paso mas alla del punto en el cual la derrota los habia envuelto. El fracaso es un embustero con un agudo sentido de la ironia y muy astuto. Tiene gran placer en aparecer cuando el exito esta casi al alcance.”

Napoleon Hill

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